¡Ni una torrija, so socialista!

Resulta que hoy, leyendo el blog de mi amigo Cromwell, me he enterado que, por lo visto, ser liberal está completamente reñido con celebrar la Semana Santa.

¡Ni una torrija, so socialista!, podría ser el lema.

Así que he decidido transcribir aquí un escrito de Dalmacio Negro Pavón, que creo que resulta… ¿esclarecedor? ¿lioso? ¡Yo que sé! Pero me pareció interesante.

ESTADO Y LAICISMO
Dalmacio Negro Pavón

Hablar del Estado a estas alturas, aunque sea en torno al tema del laicismo, es casi como rendirle tributo a un cadáver. El Estado ha perdido las cualidades de las que vivía. Por diversas razones, de las que apuntaré algunas relacionadas con este ciclo de conferencias, es una masa confusa e inextricable sin un centro visible, de la que el poder emana inercialmente sin atenerse a una ratio, la famosa ratio status, que lo ordene y dirija. Por otra parte, todos los conceptos políticos están preñados de historicidad; con las mismas palabras pueden expresar ideas distintas según los momentos y lugares. Así que, teniendo presente lo que nos interesa aquí, repasaré primero, a salto de mata, la relación histórica del Estado con el laicismo, luego con el socialismo y comentaré finalmente la situación actual.1. Para empezar, el Estado es laico por definición, pues pertenece al ámbito de lo laico. El que sea confesional o aconfesional es un predicado determinado por las circunstancias históricas y sociales, por el carácter del êthos en que se asienta. El que haga de su laicismo una cuestión de honor tratando de extenderlo a toda la sociedad es, o bien una consecuencia de que la ideología domina el aparato estatal, como sucede en las naciones en que el Estado ha sido conquistado por ideologías de cuño o bien es una consecuencia de su misma vaciedad en tanto laicista a secas. Al mismo tiempo, como según el viejo principio de la lógica, lo que se gana en extensión se pierde en intensidad, la desmesurada expansión de sus actividades lo debilita, pues lo descompone y desconfigura. Y la figura es el aspecto exterior de la forma. Esta es su esencia, un lazo interno al que debe su unidad. Y si manca la forma, decía Maquiavelo, en puridad no hay Estado, algo que esta ahí –lo statu– con su figura propia.2. ¿Qué quiere decir que el Estado es laico por definición? Que, en Occidente, y seguramente sólo en Occidente, todo poder, y desde luego el poder político es una institución política de los laicos. Esto debiera ser obvio, pues, en tanto político, no es religioso, social, económico, etc., aunque pueda estar más o menos ligado a las fuerzas religiosas, sociales, económicas o de otra índole. El Estado, es político o no lo es, y si lo es, será en sí mismo una institución laica.Ello se debe a que en Occidente, predomina la influencia cristiana, a la que es sustancial la distinción entre lo religioso y lo profano. Así como la Iglesia (que en realidad es una comunidad, communio), es a estos efectos la institución visible del Pueblo de Dios, el Gobierno es la suprema institución de los laicos, que pueden ser los mismos que forman parte del Pueblo de Dios, como ocurre prácticamente en Occidente. Esto ya dio origen en el seno del Imperio Romano a la discusión sobre «las dos lealtades» a medida que se expandía el cristianismo. La discusión no sólo llega hasta nuestros días sino que existirá siempre hasta la parousia final. Esa es la causa última de los conflictos entre lo religioso y lo profano, entre la Iglesia y los Gobiernos, que disputan respectivamente por la fe y la lealtad de los hombres concretos.

3. En la práctica, la Iglesia –el cristianismo– promovió el laicismo. Y lo defiende frente a los poderes temporales cuando estos quieren entremeterse en los asuntos eclesiásticos.** Rompió con el hecho de que el poder religioso –en realidad autoridad, no poder– y el poder político han estado unidos desde siempre. Unas veces prevalecía lo religioso y los sacerdotes constituían el máximo poder, como en el antiguo Egipto, otras el poder político. En conjunto, en la historia, a medida que se retrocede en ella, el poder religioso ha prevalecido sobre el político; a medida que se avanza, el poder político tiende a prevalecer sobre el religioso. Por eso dice Marcel Gauchet que lo político ha salido de lo religioso. En este sentido, lo peculiar del cristianismo consiste en que acaba con ese lazo o forma de unión, quizá más bien integración, de ambos poderes, respetando el poder político en el ámbito laico. La idea cristiana es la de una relación armónica entre ambos poderes, o sea, manteniendo claras las distinciones de manera que ninguno se entremeta en los asuntos propios del otro.

Las querellas suelen sobrevenir casi siempre porque el poder político quiere controlar al religioso, del que salió. Esto dio lugar en la Edad Media a un largo conflicto, que se prolongó intermitentemente durante casi cuatrocientos años, entre el Papado y el Imperio. El conflicto acabó con la derrota del Imperio y el intento del Papado, llevado por la inercia de la lucha, de prevalecer sobre los poderes temporales en los asuntos temporales, profanos, laicos. Es la famosa «lucha de las Investiduras», en cuyo transcurso se afirmó empero el laicismo, apoyado por la Iglesia. La causa de su desencadenamiento fue, precisamente, un famoso decreto papal (de Gregorio VII) del año 1075, crucial en la historia de Occidente. El Papado, la Iglesia, al defenderse de las intromisiones del Imperio en los asuntos sagrados, sostenía la causa de la distinción legítima entre lo laico y lo religioso, reconociendo el derecho del Imperio en los asuntos laicos y reservándose los religiosos.

4. Sin embargo, mientras que la causa de la disputa entre la Iglesia y el Imperio se debió en gran parte a una confusión de funciones, espontánea y casi natural entonces, que venía de lejos dadas las circunstancias de aquellos tiempos, a continuación, los poderes temporales particulares, es decir, ahora no el Imperio sino las Monarquías, siguieron intentando dominar en lo sagrado por razones estrictamente políticas, para aumentar su poder.

En la época moderna, en la Europa protestante se produjo por lo general, en especial en los países luteranos, la sumisión de lo religioso, de la Iglesia, al poder político. Allí la Iglesia pasó a ser una especie de departamento, eso sí, privilegiado, dentro de la organización política estatal. Esta tendencia, difundida por toda Europa, adquirió la forma de la famosa unión del Trono y el Altar en las Monarquías estatales de gobiernos absolutos. Se apoyaba en la doctrina paganizante, del «derecho divino de los reyes» [1]. Ello dio lugar al llamado galicanismo en Francia, josefismo en Austria, regalismo en España –el galicanismo importado por los Borbones–, etc. Sus fines consistían, por una parte, en aumentar la centralización, o sea su poder político, y, por otra, en servirse o apoderarse con el mismo fin de los bienes eclesiásticos. No obstante, en los países católicos, la Iglesia y la religión siempre tuvieron una posición especial debido a sus lazos, por decirlo así interestatales o internacionales, con el Papado, lo que permitía que se conservase intangible la doctrina.

5. Ahora bien, en ningún caso, ni siquiera en el Imperio romano, se trató de tomas de posición radicalmente laicistas frente a las religiosas. En el Imperio Romano la oposición venía del paganismo. Posteriormente vino de cristianos herejes. En fin, en estas disputas y tendencias los partidarios del poder político nunca vieron, utilizaron o contrapusieron el laicismo como una opción radical frente al cristianismo. Por decirlo así, aparte del caso del paganismo, se trataba de actitudes y tomas de posición de cristianos dentro del êthos común, laico y cristiano a la vez. Hubo que esperar a que estuviese bien asentado el laicismo, creación cristiana, para que surgiera el conflicto entre la religión y el laicismo.

El conflicto surgió a partir de la revolución francesa, y aquí sí que entró en juego la lógica inherente al Estado, que, con la perspectiva actual, puede decirse que fue el gran triunfador. El Estado emergió de la revolución como un ente nuevo, con su propia moralidad, dispensador de las pautas morales. De momento, a lo largo del siglo XIX, en el campo de lo público; en el siglo XX, y, curiosamente, más aún desde la implosión del Imperio soviético, en el de lo privado.

Pero conviene recordar lo qué ocurrió en la revolución francesa.

6. En la revolución, se proclamó al Estado como el campeón o adalid de lo laico, se equiparó neutralidad a laicidad y el Estado se enfrentó a la religión y a la Iglesia con ánimo de exterminarlas. Se apoyó para ello en la atribución exclusiva de la autoridad –lo propio de la Iglesia– a la razón abstracta, decretando el culto a la misma en la forma de un Ser Supremo al mismo tiempo que se prohibía y perseguía el culto religioso. Una masa de laicos organizados en torno al Estado, se enfrentaron por primera vez a la religión como tales laicos, no como cristianos o herejes, bien por ambición política o bien porque, sencillamente, querían utilizar la religión –y la Iglesia– para sus fines políticos. Y el Estado, también por primera vez, vulneró ostentosamente su propia naturaleza rompiendo su neutralidad atacando a la religión y a la Iglesia.

Pues, así como la soberanía es el principio por el que actúa el Estado, su naturaleza consiste en ser neutral. Por su origen, el Estado es una institución y un concepto moderno, del siglo XVI, que consiguió prestigiarse al afirmarse como una instancia neutral, objetiva, neutralizadora, entre los bandos en lucha en las guerras de religión que asolaron Europa. Como una instancia capaz de imponer la paz en un territorio, del que se proclamó soberano. La neutralidad es el rasgo más importante del Estado, al hacer de él una instancia objetiva con autoridad para arbitrar los conflictos, lo que hace que se acepte su soberanía.

El poder político, todo poder político, se justifica por afirmar el principio de justicia. Y en el caso del Estado esto pertenece a su naturaleza neutral. La soberanía, que es complementaria, depende, en cambio de la fuerza que tenga. Si el poder político adolece de fuerza para mantenerse por encima de todos como una instancia objetiva y neutral, garantizando la justicia, carece de razón de ser.

En la Gran Revolución, el Estado, al dejar de ser neutral conculcó el principio objetivo de justicia, y lo sustituyó por una concepción subjetiva de la neutralidad: el principio de legalidad, la legalidad estatal, por la que el Estado determina lo que es justo e injusto, establece ahora lo que es objetivo, consistiendo su finalidad realizar la idea de justicia de la ideología imperante, en este caso inicial la nacionalista. Y la neutralidad del Estado revolucionario se inclinó rotunda y unilateralmente por el laicismo de los laicos –entre los cuáles había por cierto, muchos religiosos– enemigos de la Iglesia y la religión, por considerar esta última cosa del pasado y aquella un obstáculo al poder del Estado, a la soberanía y al principio de legalidad equiparado al de la justicia objetiva, que es el mayor de los obstáculos formales a la arbitrariedad del poder político.

7. La revolución pasó, pero quedaron sus secuelas. La principal el fortalecimiento de la máquina estatal, que armada con el principio de legalidad, era dueña absoluta del espacio de lo público, que antes compartía con la Iglesia. La Iglesia, aunque conservó una posición preeminente entre las demás instituciones, quedó en cierto modo bajo la férula de lo estatal, al ser considerada una institución sometida al derecho público que produce el Estado, de acuerdo con el principio de legalidad. En el fondo, como una asociación más, cuya independencia dependía, en último extremo, de Roma. Por supuesto, estoy omitiendo aquí lo concerniente a los Estados protestantes, aunque el proceso material es sustancialmente el mismo.

En el Estado-Nación, se identifican justicia y legalidad. Y al ser aquel heredero ab intestato del derecho divino de los reyes pero sin el obstáculo de la Iglesia, el principio de la legalidad prevalece de hecho sobre el de justicia. Y esta es la sustancia del Estado de Derecho, la figura amable del Estado-Nación. Siguiendo la lógica de poder inherente a la estatalidad, los laicos nacionalistas, favorables al Estado y al principio de legalidad, a veces inconscientemente pues muchos de ellos eran creyentes, comenzaron una labor de zapa de las creencias religiosas sustituyendo mediante la legalidad a la Iglesia en muchos asuntos sociales, entre ellos la educación.

8. El contenido material del Estado es un conjunto de monopolios directos e indirectos que reúne poco a poco. Como es sabido, empezó por el monopolio de las armas, por razones obvias el más importante de todos [2], siguiéndole el de la administración de justicia, el del derecho, la política, la economía, etc. Un monopolio que nunca logró plenamente, salvo en el momento de la Gran Revolución, es el de la moral, que tenía que compartir con la Iglesia, si bien el derecho público del Estado de Derecho posrevolucionario es ya una aplicación de las concepciones morales del Estado, al principio sólo formalmente. Para conseguirlo, el Estado-Nación necesitaba tener el monopolio de la educación. Y lo consiguió prácticamente mediante la legalidad.

No hace falta decir, que mediante la educación se pueden modificar las ideas morales, como ya pretendían hacer los revolucionarios. Y también fue, lógicamente, el Estado-Nación francés el primero en establecer el monopolio al filo del siglo XX, bajo el pretexto de dar una enseñanza neutral, es decir, conforme a su propia naturaleza, o sea, laica. La iniciativa siguió su propio camino, pero a ella se unió otro factor al que debió su expansión y su auge el laicismo en el siglo XX: el socialismo.

9. El socialismo nació y prosperó al calor de la revolución francesa. Es una consecuencia del lema revolucionario de la fraternidad, respecto a la cual la libertad y la igualdad son medios. Se suele dar crédito a la fábula convenida de que hay socialismo y socialismos, socialismos sanguinarios y socialismos pacifistas, socialismos revolucionarios y socialismos reformadores, socialismos laicistas y socialismos cristianos, etc. La fábula acierta en la descripción de los tipos de socialismo, pero hace olvidar el fin principal de todo socialismo, sea revolucionario o no, cruento o incruento consiste en construir la Ciudad del Amor Fraterno. Una Ciudad sin conflictos.

Considerándose portador del espíritu de justicia, pretende construirla mediante el principio de legalidad, o sea, instrumentalizando el Derecho para la transformación de la naturaleza humana, único medio, según él, de que reine indiscutido el principio de justicia. La igualdad, de la que el socialismo hace el principio de la democracia en lugar de la libertad política, es sólo para conseguir el tipo colectivo de hombre nuevo, un hombre-masa cuya naturaleza humana ha sido renovada antropológicamente, y a lo que aspira utópicamente el socialismo. Escribía clarividentemente Bertrand de Jouvenel en 1938: «El conflicto entre el comunismo, la democracia y el fascismo no versa sobre las instituciones, sino sobre el tipo de hombre que tienen la misión de modelar. Aquí, se ponen ciertas virtudes en el primer plano; allí, se toman otras cualidades. Por todas partes, se ha emprendido la cultura sistemática de la pianta uomo, como decía Alfieri, de la planta hombre. Y sólo esta pretensión indica que la civilización ha entrado en una nueva fase» [3].

La división principal de los socialismos es, pues, entre el socialismo que pretende transformar la naturaleza humana mediante un cambio de las estructuras sociales, bien revolucionariamente o bien mediante la reforma, y el que pretende conseguirlo directamente mediante el cambio en la cultura, para lo que es idónea la educación, el control de los sistemas educativos, puesto que la conciencia que debe tener su hombre nuevo es radicalmente distinta de la que tiene hasta ahora la naturaleza humana. Naturalmente, en la práctica suelen mezclarse ambos medios. Los soviets y los nacionalsocialistas no daban menos importancia a la educación que al cambio social y al Gulag y los Konzentrationslager. Son medios que se complementan.

Por su finalidad, el socialismo es laicista radical en todos los casos, sea a corto plazo o a largo plazo; es enemigo, tanto de la Iglesia como de la religión, de cualquier religión, porque el mismo es una religión secular que opera como una religión de la política. En tanto religión secular, es característico que rechace el pecado original y la idea de pecado, que hacen patentes el utopismo del hombre nuevo. En este sentido, si se descuentan aspectos circunstanciales, tal vez nadie lo haya descrito mejor que Donoso Cortés.

El socialismo no cree en la eternidad sino en el futuro. Es una religión futurista, no para la vida eterna, por lo que necesita borrar la creencia en la salvación en el otro mundo para que prospere su idea de la salvación en la Ciudad del Hombre que se propone construir. La salvación estriba para él en alcanzar la fraternidad universal en el seno de la Humanidad como el Gran-Ser único. Augusto Comte, paradójicamente un espíritu conservador que quería armonizar el Orden y el Progreso, le dio forma a esta utopía elaborando una Religión de la Humanidad. Y esto sólo se consigue transformando al hombre de manera que surja un hombre nuevo esencialmente religioso, creyente en la Humanidad, mediante la política positiva o positivista.

El hombre nuevo es el desideratum de la fe socialista, cuya creencia básica es el progreso indefinido y su dogma fundamental la Humanidad en abstracto. A tal fin, se propone organizar a los hombres conforme a los demás dogmas de cada escuela socialista, los cuales funcionan como principios de su política positiva, una política apoyada en el cientificismo que se desprende de la ciencia vulgarizada y de la técnica.

10. Ahora bien la especie de religiosidad que propugna el socialismo, de acuerdo con Saint Simon y Comte –y por supuesto Marx y otros– no puede ser otra que la laicista. El culto al hombre como miembro de la Humanidad, cuyo espíritu es el Gran Ser. Y esa religiosidad se consigue mediante los dos métodos apostólicos antes indicados: transformando las estructuras revolucionariamente y educando luego a los hombres, o, más lentamente, por medio de la legislación y la educación, como prefería Rousseau, uno de los grandes mentores del socialismo. El socialismo empírico añade a la legislación y la educación la propaganda, dirigida, más que a la educación propiamente dicha, a la cultura en general. Hace así del Estado un Estado Educador caracterizado por el intervencionismo en la vida social y en el que la propaganda es un elemento esencial.

Con el tiempo, Europa ha llegado a ser un continente socialdemócrata y al menos todos los Estados europeos, propiedad de los partidos políticos –de ahí la expresión Estado de Partidos–, son socialdemócratas, o sea, socialistas. A eso alude la otra expresión Estado Social y de Derecho, en el que, francamente el Derecho ya no es Derecho sino Legislación, el medio de la revolución legal permanente conducida por el Estado.

Según esto, por ejemplo, la diferencia a la que se acude corrientemente entre derecha e izquierda es meramente adjetiva, no sustantiva. Únicamente sirve para distinguir las dos alas de la socialdemocracia: ambas son progresistas y persiguen el mismo objetivo, el hombre nuevo, si bien la llamada derecha va a remolque de lo que se considera izquierda, que por esto se considera la auténticamente progresista y moralmente superior. Unidas por el consenso, la «derecha» tan socialista como la izquierda, difiriendo únicamente en los métodos. Por ejemplo, hoy son ambas «neoliberales» en el sentido dado últimamente a esta palabra. La coincidencia es tal, que la izquierda se presenta como progresista para desmarcarse. Pues, como se trata de mantener el status quo socialdemócrata, las dos son conservadoras.

La palabra progresista enmascara el revolucionarismo procedente de la revolución francesa, que practica el Estado mediante la Legislación. El progresismo es forma de religión secular predominante que, impartida por los profesores, los intelectuales y los periodistas, y aplicada por los partidos y los sindicatos, funciona como una religión de la política. Y, como tal religión choca con la religión tradicional o lo que queda de ella.

11. El Estado, cuya religión civil es hoy, pues, el progresismo, representa el orden, y su política el progreso. El problema consiste en que el Estado es por definición una forma de orden, aunque este sea artificial, y al dirigir el progresismo la ratio status, crea un desorden permanente dentro del propio Estado. Tal desorden intervencionista destruye las instituciones que componen la sociedad, que deviene cada vez más anárquica, desintegrándola. El Estado actual se ha revuelto claramente contra su propia naturaleza, la neutralidad, al tomar decididamente partido a favor del progreso dejando de ser una forma de orden, y guiarse por la religión laicista. Y es que ni el Estado ni ninguna institución pueden autojustificarse, justificarse a sí mismos.

En lo que concierne al Estado, es obvio, como dice el constitucionalista alemán Böckenförde, que descansa en supuestos provenientes de otra esfera. Citaré su célebre párrafo: «el desprendimiento del orden político en cuanto tal de su determinación y configuración (Durchformung) religiosa-política, su mundanización en el sentido de la salida de una previa unidad del mundo religiosa-política a una fijación propia de objetivo y legitimación concebida mundanamente; en definitiva, la separación del orden político de la religión cristiana y de toda religión concreta como su fundamento y su levadura. Esta evolución pertenece también al origen del Estado. Sin este aspecto no cabe concebir el proceso del Estado tal como ha sido ni el problema fundamental del orden político que se plantea en el Estado actual» [4].

12. Lo político, modernamente el Estado, proviene, «sale», como dice Marcel Gauchet, de lo religioso. Su matriz es, pues, la religión. Originariamente lo religioso reunía lo que en la tradición occidental se llama, como mencioné anteriormente, los dos poderes: el religioso o de lo sagrado, custodio de lo eterno, de la verdad del orden como decía Voegelin, y el político o temporal, custodio de la seguridad en este mundo, de lo profano, según esa verdad, puesto que la vida humana no se acaba aquí. El religioso es por su naturaleza, en tanto se relaciona directamente con la verdad, autoridad; el político, en cuanto se rige por la opinión que descansa en la verdad, es poder. Esto significa que ningún poder político posee por sí mismo la verdad sino que la recibe de quien tiene la autoridad.

Ahora bien, si el Estado no puede ser la fuente de la verdad de su propio orden, del orden estatal, y sin embargo actúa como si la poseyera al apoyar el laicismo radical, ¿de dónde viene la verdad en que se apoya el Estado y lo justifica?

Siempre se ha dicho, y es cierto, que la política descansa en la opinión, una opinión formada según la verdad del orden que informa el êthos de los pueblos. El êthos es la esencia de lo que se suele llamar el espacio prepolítico, la moralidad colectiva del pueblo o la sociedad, que son los que opinan. Si el aspecto de la opinión que se refiere directamente a la justicia, la opinión pública, se ajusta a la verdad de lo religioso, el poder político se justifica como tal, legitimándose – la legitimación es distinta de la justificación– por sus actos. Si no es así, el poder político no se justifica y sus actos serán ilegítimos.

13. Reitero la pregunta anterior: ¿de donde viene la verdad que justifica y legitima, no obstante, al Estado si ésta no es la verdad del orden según la religión? Solamente de la opinión. Pero de una opinión pública que corresponde únicamente a la verdad determinada por el propio orden estatal. Verdad sobre la que decide la Legislación, en primer lugar, la Constitución.

Las Constituciones postrevolucionarias desempeñan el papel del Derecho Natural que informaba anteriormente la opinión fundada en la verdad del orden. Derecho que ahora se expresa como el derecho público, creación de la revolución, cuya fuente es la Constitución. Derecho el público, que acaba creando una suerte de conciencia moral religiosa cuyo resultado es una religiosidad secular enfocada al Estado.

Hoy la diferencia inicial entre el derecho público y el privado es mínima. El derecho privado, anteriormente simplemente el Derecho, expresaba lo que se creía conforme con el Derecho Natural. Ahora, el derecho público ha llegado a predominar de tal modo, que el llamado privado no sólo está condicionado por aquel, sino que, a los ojos del derecho público, ya no existe nada verdaderamente privado; ni siquiera la vida de la familia, custodia del êthos, escapa a la Legislación. La consecuencia es que se ha creado una conciencia pública que rinde culto al Estado, al que sacraliza. La importancia del culto religioso tradicional ha sido sustituida por el culto a lo político y a la política.

Se preguntarán, si me he explicado bien y me han seguido hasta aquí, qué tiene que ver todo esto con la relación entre el Estado y el laicismo. Vamos a verlo.

14. Se podrían citar otros autores, pero, a mi entender, es Marcel Gauchet el que ha tratado el asunto más incisivamente en los últimos tiempos. Como decía antes, según Gauchet lo político ha salido de lo religioso. Lo religioso y lo político han seguido cada uno su camino, ciertamente con interminables confusiones, choques o conflictos a los que he aludido muy sucintamente. Pero ha llegado un momento en esa evolución, en que lo político se ha emancipado completamente al ganar las conciencias. La opinión se ha erigido así en fuente de la verdad gracias al dogma de la soberanía popular, y ahora, dando la vuelta a las cosas, pretende que lo religioso salga de lo político. Y como el Estado es la institución de instituciones de lo laico, lo que puede salir de él es el laicismo.

El laicismo sería así, hasta ahora, la última de las grandes religiones seculares, una religión que por su origen es puramente política. Y en la medida en que es una religión del Estado, el Estado sacralizado ocupa el lugar de Dios. Ya dijo el fundador de la socialdemocracia, Fernando Lasalle, que «el Estado es Dios».

Lo que está por ver es si el laicismo puede enfrentarse o resistir en el plano religioso a las religiones tradicionales. Por ejemplo, frente al islam, piénsese sin ir más lejos en Turquía y el islam europeo, o frente al budismo, parece estar perdiendo la batalla, y en algunas partes de Occidente como Norteamérica, la religión en el sentido clásico también está en alza. En los países cristianos, justo es señalarlo, donde la auténtica religión está aparentemente en franco declive, al menos de momento, es en los países hispánicos. Aquí, Estados militantes luchan por destruir el êthos de las naciones para imponer el laicismo. También es verdad, que empieza a advertirse un cierto revival, en este momento minoritario, de la religión tradicional, el cristianismo.

15. En esta obligadamente rápida consideración del tema, me queda hacer una observación sobre si la religión laicista puede sostenerse sobre sí misma sin la ayuda del aparato estatal, como, en cambio, pueden hacerlo las religiones cuya fe tiene por objeto el otro mundo, no la construcción de un hombre nuevo antropológicamente distinto.

La religión secular de la fe laicista contemporánea, resuelve, ciertamente, el conflicto de las dos lealtades, que es la causa del conflicto entre las religiones auténticas y lo político y sus religiones seculares y las auténticas al liquidar el dualismo limitando la lealtad a la institución laica por excelencia: el Estado. Y ahora, la idea utópica de un hombre enteramente nuevo, puramente exterior, cuya naturaleza ha sido radicalmente modificada, recibe la ayuda de las posibilidades que prometen la genética y la medicina.

La religiosidad de este hombre nuevo sería parecida formalmente a la del hombre de la Religión de la Humanidad de la que hablaba Augusto Comte, un hombre para el que no existe otra vida que la del aquende, caracterizada por su evolución progresiva. Y, según esta actitud, el Estado rechaza, junto con la idea de la verdad según el orden de las religiones tradicionales, todas las tradiciones, usos, costumbres, hábitos, instituciones. Como no hay más verdad que la que el mismo propone, busca fundamentar su opinión en la ciencia y en la técnica. El talón de Aquiles es que estas últimas son hechura suya.

Abreviando, la salvación en este mundo depende del poder de cada uno. Quien no tenga bastante poder, queda a la disposición de quien hace valer su voluntad de poder. Y esto da lugar a una situación de guerra de todos contra todos a la que no puede poner fin el Estado, ya que, si lo intentase, se opondría a sí mismo, a la religión laicista que le justifica y legitima. Y como decía Hobbes, el poder político estatal se vuelve ilegítimo y justifica de hecho la resistencia contra él, cuando no es capaz de cumplir el fin para el que ha sido instituido. Y esto se da en las condiciones en que prevalece la religión laicista, causa de la guerra de todos contra todos.

16. De momento, se observa esta guerra en la lucha por los derechos. Todo son reclamaciones o reivindicaciones de derechos. Es una lucha por privilegios –privilegio significa ley privada–, que destruye la neutralidad estatal, en la que triunfan quienes tienen más fuerza para imponerse ante la opinión, frente a la cual, el Estado cede. La lucha se da hasta en lo que llamaba Hobbes el alma de la estatalidad, la soberanía. La soberanía está corroída por la guerra entre sí en el seno del Estado de infinidad de poderes indirectos –los partidos, los sindicatos, los grandes poderes económicos y profesionales, las minorías, etc.–, que la soberanía estatal es incapaz de contener y dominar, puesto que forman parte del gigantesco Estado corporativo actual.

Al repercutir en la neutralidad, la naturaleza del Estado, aquello por lo que es, también ésta se debilita gravemente. O sea, que a medida que el Estado se sacraliza se debilita la fe en que sea capaz de actuar objetivamente, de dar seguridad.

La inseguridad jurídica, que es la seguridad que da el Estado, que después de todo es Estado de Derecho, porque todo Estado es Estado de Derecho o no es Estado, crece sin parar. El orden público, que es la forma de la ratio status tras la revolución francesa, se deteriora progresivamente en los aspectos más prosaicos –agresiones, maltratos, seguridad de la propiedad, corrupción sistemática, etc.– y en los más sustantivos, como la seguridad de la vida –eutanasia, aborto, etc.– o la de la administración de justicia.

La referencia al Estado empieza a no ser más que una manera de hablar, como cuando se habla de derechas o izquierdas para definir las actitudes políticas. El êthos en que descansa la esfera prepolítica, de la que extrae el Estado su vigor, está tan deteriorado, que si deviene nihilista al hacer del laicismo su religión política, el Estado dejará de existir. El triunfo de la religión laicista como religión de la política significa la muerte del Estado

Queden con Dios. O no. Yo me voy a celebrar la Semana Santa.

** Esto mismo se lo he oído yo a Rosa Díez en el programa de Sáenz de Buruaga de Telemadrid.

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9 pensamientos en “¡Ni una torrija, so socialista!

  1. Elentir

    Emmmm… pero… ¿comer huevos de Pascua sí que se puede, no? (es que el chocolate está… hummm… ahhh… chocolaaaaatee… ¡mosquis!) 🙂

  2. Memetic Warrior

    Impresionante el escrito de Dalmacio. Me alegro que todavia queden personas que piensan asó en la Universidad. Cada vez menos me temo.

    Tenemos en frente la raiz de todos los totalitarismos modernos lista para dar de nuevo frutos envenenados y todo lo que se le ocurre a los majaderos de todo el espectro es meterse con el cristianismo. Son incapaces de ver lo que tienen delante de las narices. Eso es porque, como dice Dalmacio, son todos religiosamente progresistas.

    Quizá la forma mas extrema de fanatismo es la del que no admite sus creencias como parte de una religión, sino como la Verdad. Mucho mas peligroso es cuando esa Verdad está depositada en un sistema que acumula un monopolio tras otro sobre las vidas de las personas.

  3. Cromwell

    Buenas tardes Anghara. Gracias por tu referencia. Ayer por la noche ya enlacé tu texto a Etimologías.

    Un saludo cordial amiga.

  4. anghara Autor de la entrada

    Efectivamente Memetic… en el fondo son todos unos beatos del progresismo. Al final, carcundia. Frente a la Libertad defienden la imposición de su Verdad. O al menos así lo veo yo.

  5. Nora

    El laicismo sería así, hasta ahora, la última de las grandes religiones seculares, una religión que por su origen es puramente política. Y en la medida en que es una religión del Estado, el Estado sacralizado ocupa el lugar de Dios. Ya dijo el fundador de la socialdemocracia, Fernando Lasalle, que «el Estado es Dios».
    Si consideramos que Luis XIV dijo “El Estado soy yo”, se pasa simplemente de un absolutismo a otro… Sólo que ahora en nombre de una supuesta libertad.
    El êthos en que descansa la esfera prepolítica, de la que extrae el Estado su vigor, está tan deteriorado, que si deviene nihilista al hacer del laicismo su religión política, el Estado dejará de existir.
    Y así estamos viendo cómo, al no centrarse el Estado en sus cometidos básicos (que no son si no los directamente necesarios para que los ciudadanos vivan en libertad) si no que quiere hasta decir qué debemos comer, beber, pensar, etc, no cumple bien con sus funciones más importantes…
    Buenísimo el artículo, anghara. 😉

  6. anghara Autor de la entrada

    A ver si alguien se lo cuenta a los que dicen que las procesiones son de nacional-católicos o memeces como que la religión debe quedar relegada al ámbito privado -lo cual demuestra que o no saben qué es la religión o que pertenecen a esta neo-religión progresista- XD

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