La necesidad de ideología (II) – Jean François Revel

Antes de colgar la segunda parte de “La necesidad de ideología” que Revel escribió para “El conocimiento inútil”, aquí os dejo un enlace a la web PrimariasPP que firma el concejal y presidente del PP del barrio de Salamanca de Madrid, Íñigo Henríquez de Luna,  que, como ya sabréis, es el que va a presentar la enmienda de primarias al Congreso “búlgaro” de Valencia. A Soraya, aviso, no le gusta esto de las primarias. O sea, que si eres de los del “liberalismo social”, mejor déjalo.

Continuamos con Revel…

El espíritu científico, a menos que se ejerza sobre él una coacción determinante, como en física o en biología, puede convertirse también en presa de la ideología, sobre todo cuando afecta a la sociobiología, a la sociología, a la antropología, a la historia. No me refiero aquí a la ineluctable relatividad del punto de vista del observador en las ciencias humanas, cuya teoría ha elaborado Raymond Aron, siguiendo a Max Weber, en su Introduction á la philosophie de l’histoire. Esta relatividad, inherente a las mismas condiciones del conocimiento histórico, supone la eliminación de los factores subjetivos de la distorsión de las informaciones. Sin alcanzar una objetividad poco concebible, es decir, la adecuación completa del concepto y del objeto, puede tender, por lo menos, a la imparcialidad. En cambio, es a ésta a la que la ideología pone, a veces, en peligro, cuando la misma naturaleza de una disciplina abre un margen de imprecisión a la observación y sustrae, en la práctica, al observador, al control de la comunidad científica. Claude Lévy-Strauss, por ejemplo, en Lo crudo y lo cocido, denigra con virulencia la Enciclopedia Bororo de los padres salesianos. Impugna sin consideraciones la exactitud, la veracidad misma de las observaciones consignadas en esa enciclopedia, consagrada a la sociedad bororo. Considerando que esos indios de Brasil no han sido estudiados más que por los salesianos y el mismo Lévy-Strauss, nos dejamos vencer por una cierta inquietud al comprobar que estos sabios, aunque poco numerosos, no llegan a ponerse de acuerdo, no ya sobre la interpretación, sino sobre los hechos en bruto de la vida de una tribu aún menos numerosa que ellos, contando apenas más individuos que su propio club de antropólogos preocupados por los indios de Brasil. La furia de Lévy-Strauss viene de que los salesianos no son estructuralistas y de que ciertos hechos que relatan contradicen su interpretación estructuralista. La deformación ideológica -si hay deformación: imposible la decisión por un tercero- es, pues, en este caso, puramente epistemológica. No tiene nada de política. Un sabio se aferra a su encasillado de interpretación y recusa los hechos rebeldes y a los que osan mencionarlos. Ésa es una causa de rechazo de la información bastante frecuente y en cierto modo interior en la misma ciencia. Sin embargo, otras numerosas causas de ese rechazo pueden serle exteriores y referirse a prejuicios morales, religiosos, políticos o culturales sin relación con la investigación. Se recordará la polémica suscitada en torno de la obra de Margaret Mead, cuatro años después de la muerte de la célebre antropóloga norteamericana, acaecida en 1978. En dos obras capitales y que han figurado durante decenios en los textos de base de todo estudiante de antropología, Coming of Age in Samoa (1928) y Sex and Temperament in Three Primitive Societies (1935), Margaret Mead habría embellecido las costumbres de los insulares oceánicos que habían sido objeto de su estudio.[61] Sus costumbres son en realidad mucho menos agradables de como ella nos las ha descrito y la observadora, deliberadamente, omitió anotar rasgos neuróticos, las depresiones, la crueldad represiva, la rapacidad que marca muchos comportamientos en esas sociedades. Alumna de Franz Boas y fiel a su escuela «culturalista», Margaret Mead, en cierto modo ha enlazado con la ideología «de izquierda» de los navegantes-filósofos del siglo XVIII y obrado bajo el embrujo de un prejuicio «tercermundista» (precursor), es decir, idealizado la «identidad cultural» de las sociedades primitivas, para oponerlas a la hipocresía, al egoísmo y a la violencia interesada de las sociedades capitalistas industriales, producidas por el hombre blanco.

Esta idealización de las sociedades no occidentales en general expone a veces a los «liberales» a sorpresas o incluso los impulsa a medir las sociedades lejanas según criterios enteramente opuestos a los que ellos emplean para juzgar la propia. Recuerdo el estupor de un pastor alemán, en Windhoek, en Namibia, quedándose desconcertado y estupefacto en mitad de su sermón, porque había provocado una inmensa carcajada en el templo, entre los feligreses, casi todos negros, al decir, virtuosamente: «¡No lo olvidemos nunca! ¡Los bosquimanos son hombres como los demás!» Ese buen pastor acababa de descubrir que los negros también tienen sus «razas inferiores». Más virtuoso todavía, y sobre todo más inconsecuente, fue un periodista del Washington Post, quintaesencia del «liberal» norteamericano, sin piedad para su propia sociedad, tanto como ilimitado en su indulgencia por las costumbres de Arabia Saudí, país que él toma como modelo en el Tercer Mundo para verter el bálsamo de su comprensiva solicitud.

En el Washington Post, en efecto, se pudo leer en 1987 un artículo titulado: «La justicia saudí nos parece cruel, pero funciona», firmado por David Lamb, antiguo corresponsal del periódico en Oriente Medio.[62] Viniendo de un «liberal» tan convencido, para América, de la inutilidad de un exceso de disuasión penal, y en un diario tan justamente preocupado por los derechos del hombre en las democracias occidentales como el Washington Post, este artículo resultaba sorprendente. El autor, en efecto, empieza por conceder que los castigos previstos y abundantemente aplicados -en público, además- por la justicia saudí: flagelación, amputación, decapitación, lapidación, «pueden parecer “brutales” según los criterios occidentales». Pero, precisamente, nos dice el autor, debemos deshacernos de esos criterios etnocéntricos y comprender que esta justicia deriva de la sharía, la ley musulmana, que, poseyendo un origen sagrado, no podía admitir ningún edulcoramiento debido a la indulgencia de los jueces o a la evolución de las costumbres. Incluso la presencia de un abogado, cuando se arranca una confesión a un sospechoso, constituye una costumbre occidental cuya adopción no se podría reclamar en un país del Islam sin pecar gravemente por incomprensión y falta de respeto a la mentalidad musulmana. Sobre todo, esta justicia, que nos parece bárbara, presenta una considerable ventaja: es eficaz. ¿Pruebas? Según las estadísticas de 1982, prosigue el señor Lamb, se han enumerado en Arabia Saudí 14 000 crímenes y delitos para una población comprendida entre seis y once millones de habitantes según estimaciones lo que, si me atrevo a proferir la insolencia de una observación, por la amplitud de la desviación, deja estupefacto sobre la precisión de las estadísticas saudíes. Pero, el mismo año, sólo en la ciudad de Los Ángeles, para una población que se acerca a los siete millones de habitantes, se contabilizan un millón y medio de crímenes y delitos. ¡Casi cuarenta veces más! ¡Cifras elocuentes! Y nuestro periodista concluye, citando para aprobarlas estas palabras de un universitario norteamericano, hombre sabio, especialista de la sharía, con el que coincidió en Riyad: «Es cierto, en este país amputan algunas manos de gentes culpables y previenen así horrores tales como la violación, el asesinato… ¿Puede usted realmente decir que esto los convierte en bárbaros y a nosotros en gentes civilizadas?»[63]

Este eminente islamólogo omite el detalle de que la violación y el asesinato acarrean, no la amputación de la mano, sino la flagelación hasta la muerte, y la decapitación. Son los pequeños hurtos los que son castigados con la amputación. ¿Y cómo el señor Lamb, ciertamente partidario de la revolución sexual y de la liberación de la mujer en los Estados Unidos, justificaría el castigo reservado en Arabia Saudí al adulterio, y al adulterio de la esposa únicamente, que consiste en aplastarla bajo las piedras de una lapidación pública? Ése tipo de lapidación se ha modernizado, en verdad, desde los tiempos bíblicos: ya no es la multitud sádica e innoble la que arroja las piedras a la mujer adúltera. En la Arabia actual, se lleva a la plaza pública un camión-volquete cargado de pedruscos, que son arrojados de una sola vez sobre la desgraciada y la aplastan, matándola. A pesar de ese progreso humanitario y técnico, el espíritu de nuestro periodista se ensombrece, súbitamente, ante un temor: que su elogio del «derecho penal» saudí pueda proporcionar argumentos malsanos a los partidarios de la pena de muerte en América y de una justicia más represiva en Occidente. Se embarulla, pues, en rectificaciones confusas y laboriosas, llegando a considerar que las estadísticas sauditas de la delincuencia puedan ser poco fiables y que, si los árabes cometen tan pocos delitos, es menos a causa de la influencia disuasiva dela represión que al hecho de que formen «una sociedad que cree en la santidad de la familia…un pueblo religioso, moral…[64] ¿Cómo explica esta caótica mezcla de veneración por unas costumbres atroces y unas tan hilarantes palinodias? En primer lugar, por el conocido tabú del respeto absoluto a la «identidad cultural», que prohíbe al señor Lamb juzgar y condenar una civilización que no sea la occidental. Tabú de un poder tanto más milagrosamente sorprendente si se considera que Arabia Saudí, a los ojos de un «liberal», no puede pasar más que por reaccionaria. No se le aplica ningún parámetro progresista, susceptible de servirle de excusa. En segundo lugar, la revolución islámica iraní y el fundamentalismo han suscitado en la izquierda una corriente favorable al integrismo musulmán, esté donde esté, y a las virtudes morales, espirituales y políticas del Islam…, que son grandes, sin duda, pero tal vez no en las manifestaciones descritas y tan alabadas por el Washington Post. En tercer lugar, por fin, la alabanza de la sharía tiene por primera utilidad y por misión sagrada denigrar la civilización occidental, pero de una manera que llega al colmo del absurdo ideológico, porque nuestro buen periodista nos prohíbe, al mismo tiempo, so pena de caer en la perversión represiva, imitar el modelo que nos alaba.

Al elaborar la noción de ideología en su sentido moderno, Marx y Engels ilustraron, sin duda, una propiedad psíquica entre las más soberanas, en el hombre. Que nuestras convicciones, nuestra visión del mundo, nuestras opiniones sobre el bien y el mal, no proceden, la mayor parte de las veces, de causas interiores del pensamiento y no son, pues, refutables ni modificables sólo por el pensamiento, La Rochefoucauld, o Pascal, o La Bruyère o Chamfort lo habían ya formulado con claridad e ilustrado con una sutileza de detalle mucho más rica y variada que la de los dos fundadores del comunismo. Pero a éstos les corresponde el mérito de una expresión teórica precisa y global que muestra cómo nuestros errores, en la medida en que emanan de causas exteriores al pensamiento, no pueden corregirse por el simple efecto de la reflexión crítica, de la argumentación, de la información. Hasta entonces todos los tratados filosóficos sobre el error lo suponían debido a faltas técnicas, a vicios de razonamiento, a insuficiencias de método y a un defecto en los procedimientos de comprobación. Sólo a los moralistas se debía la intuición de que el apetito de lo falso, el deseo de engañar, la sed de mentirse a sí mismo, la necesidad de creer que es en nombre del Bien que se hace el Mal, desempeñaban en la génesis del error un papel sin duda más importante que los fallos propiamente intelectuales, contrariamente a lo que decían los filósofos. Esas conductas constituían, tal vez, incluso una forma primitiva de adaptación del hombre a lo real. Desde que el hombre pudo pensar, tuvo miedo de conocer. La capacidad del hombre para construir en su cabeza más o menos cualquier teoría, para «demostrársela» y creer en ella, es ilimitada. Sólo es igualada por su capacidad de resistencia a lo que la refuta y su virtuosismo en cambiar, no por haber tenido en cuenta informaciones hasta entonces desconocidas para él, sino para responder a nuevas exigencias prácticas o pasionales. Con su teoría de la ideología, Marx y Engels no volvían al simple pragmatismo. El pragmatismo consiste en sostener que nuestros conceptos, aunque desprovistos de objetividad teórica, poseen una objetividad práctica, como herramientas afiladas por y para la acción. En la teoría marxista de la ideología, no tienen más que el estatuto de justificaciones falaces e ilusorias de los actos, sin función particular de eficacia. A la vez subjetiva y colectiva, la ideología nos separa de lo concreto tanto como de la verdad.

En la descripción, pues, Marx y Engels han acertado. En cambio, en la explicación rozan la indigencia. Por lo menos, su hipótesis no se adecua más que a una porción limitada de la producción ideológica. Para ellos, la única fuente de la ideología reside en la clase social, en la pertenencia a una clase y en la lucha de clases. No existiría más ideología que la clase. La debilidad de esta explicación procede en primer lugar de que implica una sociología simplista de las clases sociales. Éstas serían homogéneas y rodeadas de fronteras herméticas, sin evolución, sin imbricaciones, ni osmosis, ni movilidad, ni progresión, más que por la cirugía revolucionaria y la dictadura del proletariado. Toda la historia de las sociedades, desde mediados del siglo XIX, por lo menos la de las sociedades capitalistas, desmiente este sumario diseño. Además, si la ideología no encontrara su génesis más que en los intereses de clase, ¡qué fácil sería todo! A causa racional, tratamiento racional. Sabríamos lo que hay que hacer. Pero nada autoriza la comodidad de un análisis tan reductivo. Marx no lo ignoraba del todo, puesto que forjó, como se sabe, la noción de «alienación» para designar el paso por el que adoptamos a menudo la ideología de la clase que nos domina. Esta paradoja se basa en una sociología aún racional, puesto que se admite que la clase dominante dispone de los medios de comunicación, de cultura, de enseñanza, de difusión, de adoctrinamiento religioso, político y moral que le permiten modelar la mentalidad y las creencias de las clases dominadas. Desgraciadamente, mucho menos racional, aunque igualmente manifiesta, es la alienación inversa, la de las clases dominantes adhiriéndose a una ideología contraria a sus intereses, incluso la de toda una civilización suscribiendo las construcciones intelectuales que tienden a justificar su destrucción. Además, se pueden imponer a la clase dominada convicciones violentamente hostiles a la clase dirigente y, a la vez, totalmente falsas. Finalmente, la ideología presenta una complejidad que desborda inmensamente la pueril alternativa de la superestructura dominadora superpuesta a la alienación suicida. Más que vulgar disfraz de las relaciones sociales, que a decir verdad expresa casi siempre muy mal, y con las que, a menudo, no guarda relación alguna, la ideología, sin dejar de encarnarse, cuando le conviene, en la hipocresía vulgar, parece satisfacer así, más misteriosamente, una necesidad altamente espiritual de mentira.

La deformación de la ciencia por la ideología deriva de esta necesidad, libre de todo ingrediente materialista. La política puede, evidentemente, ejercer en ella su influencia, pero más como pasión del espíritu que como traducción de la lucha de clases, más aún por el terror intelectual y sus corolarios naturales: el conformismo y el miedo. Un gran especialista de los estudios islámicos, Bernard Lewis, ha denunciado la reciente tendencia según la cual los orientalistas, incluso en los Estados Unidos, en Gran Bretaña o en el continente europeo, deberían reclutarse exclusivamente entre los partidarios del integrismo musulmán y de la militancia palestina.[65] Ésta es, leemos en «sabias» revistas occidentales abiertamente subvencionadas por la Libia del coronel Gadafi, una condición indispensable de la «objetividad». Lo más bonito es que esta definición de la objetividad es defendida por eminentes orientalistas ingleses, norteamericanos o franceses. Si sólo los griegos tuvieran el derecho a escribir sobre el pensamiento griego, habría que quemar las obras de Zeller, de Gomperz, de Rodier, de Brochard, de Guthrie. Hasta para enseñar en las universidades occidentales, los orientalistas deben -se nos dice- ser escogidos entre los árabes, en todo caso entre los musulmanes, en ningún caso entre los judíos, a los cuales tal profesión debiera estar prohibida. Bernard Lewis cita una revista paquistaní que rechaza la competencia moral del inmenso islamista y arabizante que fue Evariste Lévy-Provençal (1894-1956), el autor de la Historia de la España musulmana. La idea de que para trabajar en la civilización islámica, incluso medieval, sea necesario simpatizar con el radicalismo y el integrismo islámicos actuales se esparce como mancha de aceite en otras disciplinas. Una elevada proporción de los hispanistas que enseñan en las universidades norteamericanas son, desde 1960, simpatizantes de Fidel Castro. Por parte de los sinólogos y de los sovietólogos, el servilismo puede explicarse, si no excusarse, por el temor a no volver a obtener visado de entrada en China o en la Unión Soviética y quedar así aislados de su objeto de estudio. Pero ¿es absolutamente necesario, para mantener una competencia sobre la historia de la civilización hispánica, asegurarse la entrada en Cuba, que no es más que un fragmento muy pequeño de la Hispanidad, interesante, ciertamente, pero no indispensable? La distorsión del espíritu científico se explica, pues, aquí únicamente por la ideología y por un conformismo del ambiente. ¿Acaso no he oído al artífice de un gran diccionario enciclopédico francés declarar un día, en el curso de una emisión de televisión, que más valía, según él, confiar el artículo «Castro» a un castrista y «Marx» a un marxista? En tan buen camino, ¿por qué no pedir a la oficina política del partido comunista francés que los redacte ella? Así estaríamos seguros de una «objetividad» absolutamente completa.

Por una curiosa concepción de la ciencia, parece que sea preciso, para especializarse en una cultura, admirar a los dirigentes políticos del momento en el país que se estudia. Esta exigencia sólo reza, por supuesto, para los países comunistas y el Tercer Mundo. ¿Se pide a los anglicistas inscribirse en el partido conservador cuando la señora Thatcher está en el poder? Así, John K. Fairbank, director del prestigioso Center of East Asian Studies de Harvard -centro que lleva además su nombre-, hablando en el New York Times en 1987 de la traducción de La Forêt en feu (El bosque en llamas) de Simón Leys,[66] escribe que la indignación de Leys ante las destrucciones masivas de obras de arte clásicas bajo la dictadura de Mao reflejan un punto de vista «elitista». ¡Así un gran especialista de China adora hasta tal punto a Mao que ve desaparecer con alegría en el corazón la mitad del patrimonio cultural al que él ha dedicado su existencia! Supongamos que se destruye la mezquita de Djuma en Ispahan, la de los Omeyas en Damasco, la medersa de Fez, la Alhambra de Granada, y que un islamista de renombre internacional proclama «elitista» verter lágrimas por esas obras de arte desaparecidas. ¡Habría un clamor de indignación! Pero cuando se trata de Mao Zedong la iconoclastia se vuelve respetable. Espero que aparezca el italianista que, para manifestar la grandeza del espíritu científico, nos diga que, si se quemara el Museo de los Uffizi, San Pedro de Roma y tal vez también el palacio de los Dux, no sería una gran pérdida, excepto para una pequeña élite ya que, para usar una frase del señor Fairbank, los artistas a los cuales se deben esas obras de art «no vivían en una sociedad igualitaria». Dicho sea entre nosotros; este eminente sinólogo me parece conocer muy mal su tema de estudio, si se imagina que la China comunista, que un país comunista cualquiera, es una «sociedad igualitaria». Se ve, pues, cómo la ideología llevada hasta el delirio puede impulsar a auténticos sabios, cuya función es conocer, a felicitarse por la destrucción de las fuentes del conocimiento.

Cuando cambian de opinión, es porque el poder político establecido, en el país del que son especialistas, ha cambiado. Los sovietólogos que descartaban como tendenciosos y polémicos los sombríos cuadros de la economía y de la sociedad soviéticas trazados en los años setenta por historiadores preocupados ante todo por la imparcialidad, han descubierto bruscamente en sí mismos una lucidez despiadada hacia la era Brézhnev desde el momento en que es Gorbachov quien ha condenado el «estancamiento» de su predecesor. Hay para preguntarse qué papel juegan la «misión del intelectual contra los poderes», para usar el conocido cliché, y «la independencia sagrada del investigador» en esos lamentables cambios totales de opinión. De la misma manera, Jonathan Chaves, uno de los raros sinólogos norteamericanos que no se han arrojado a los pies de Mao, observa,[67] en estos años en que el mismo partido comunista chino ha reconocido las atrocidades cometidas durante la revolución cultural (1966-1976), que se esperaba por parle de los «China Experts» una pequeña autocrítica, la confesión de que se habían equivocado. Pues bien, ¡en absoluto! Ellos admiten hoy que la revolución cultural, el «holocausto de diez años», como se dice en China, ha sido una monstruosa aberración, pero lo admiten, no porque lo hayan comprendido, ¡sino porque continúan siguiendo la línea de Pekín! No toleran, por otra parte, hoy el espíritu crítico con relación a Deng Xiaoping o de su sucesor más de lo que lo toleraron antaño con relación a Mao Zedong. La verdadera cuestión es, pues, una vez más, saber para qué sirve la facultad de pensar, máquina de recibir, de almacenar, de clasificar, de combinar y de interpretar informaciones. Yo consagré, en 1970, varias páginas de uno de mis libros. Ni Marx ni Jesús, al análisis del Pequeño Libro Rojo y de otros escritos de Mao Zedong subrayando la indigencia intelectual, diría incluso el burlesco cretinismo de los apotegmas del déspota pequinés. ¡Qué alivio experimenté, el año siguiente, cuando salió la obra liberadora de Simón Leys, Les habits neufs du président Mao[70] (Los trajes nuevos del presidente Mao), al darme cuenta de que no estaba solo con mis opiniones! Pero, ¿quién nos explicará nunca cómo decenas de millones de intelectuales en todo el mundo, estudiantes y profesores que constituyen la élite de la enseñanza superior en las sociedades democráticas, han podido, durante cinco o seis años, meditar con devoción ese tejido de necedades pretenciosas? ¿Podían ellos admirarlo si no era colocando totalmente fuera de circuito su inteligencia y su cultura? Y se trataba de intelectuales del mundo libre, a los que nada coaccionaba para una tal abdicación del espíritu. Tenían la idiotez voluntaria y desinteresada al mismo tiempo, a la manera de sus grandes antepasados de la época estaliniana, a menudo espíritus eminentes ellos también, aparte de su estalinismo. «¿Qué decir -escribía Boris Souvarine en 1937- de un Romain Rolland, de un Langevin, de un Malraux, que admiran y aprueban el régimen llamado soviético sin estar obligados a ello por el hambre o por la tortura?» Y Souvarine observaba que la redacción de L’Humanité -el diario del Partido Comunista francés- «no tiene nada que envidiar a la de la Pravda en servilismo y en bajeza, sin tener la excusa de hallarse entre las tenazas de una dictadura totalitaria». Jonathan Chaves cuenta en su artículo de Chronicles que conoce personalmente a investigadores, especialistas de la civilización china, que dejaban de dirigir la palabra a un colega si éste había dicho algo favorable a las Ombres chinoises[70] (Sombras chinescas) de Simón Leys. El fenómeno del que acabamos de ver una nueva muestra es, pues, el paradójico de profesionales de la vida intelectual impulsados en sus juicios y en sus comportamientos por toda clase de fuerzas, salvo por las de la inteligencia.

A semejanza de los sinólogos, los sovietólogos caen también fácilmente en el defecto que consiste en profesar que, para ser digno de estudiar un país, hay que aprobar, tanto a sus dirigentes como a los menores aspectos de sus costumbres. ¡Otra vez ese criterio! Solamente los esclavistas convencidos debieran estar autorizados a estudiar la historia griega o romana, sólo los pronazis la historia de Hitler y sólo los incendiarios, quemadores de cuadros y de libros, la biografía de Savonarola. En los Estados Unidos, un gran número de sovietólogos, no todos afortunadamente, son a tal punto adoradores de su tema que, como Stephen Cohen, han tenido el honor, científicamente dudoso, de ver sus libros traducidos al ruso y difundidos en la Unión Soviética, hasta tal extremo coincidían sus trabajos con las tesis oficiales. Síntoma del aniquilamiento del espíritu crítico por la pasión, esta frase de Moshe Lewin, en el prólogo de su proestalinista Formación del sistema soviético, en el que denuncia con irritación lo que él llama «la moda antisoviética reciente en la intelligentsia francesa».[70] De un manotazo, Lewin descarta desdeñosamente ese fenómeno antisoviético como un nubarrón efímero del «parisiensismo», una chifladura fútil y mundana. He aquí cómo un historiador, cegado por la ideología, deja de comportarse como tal y rehúsa identificar un acontecimiento cultural que, contrariamente a lo que él pretende, es de capital importancia. Desde 1917, los intelectuales franceses se han enredado en el marxismo-leninismo y la Unión Soviética, en las querellas en torno al estalinismo, el «socialismo de rostro humano», la teoría marxista del conocimiento y el materialismo dialéctico.

Favorables u hostiles, todos se definen en relación a ese conjunto de teorías y realidades. Pero resulta que después de setenta años este debate se queda sin sustancia, es un debate muerto, la cuestión soviética está cerrada, por lo menos en el antiguo sentido, la causa está vista, el marxismo ya no interesa a nadie, o sólo interesa como una doctrina filosófica entre las demás. Es un momento crucial histórico considerable, tanto como pudo serlo en otros siglos el último suspiro de la escolástica medieval. ¡Y alguno que pretende ser historiador no comprende esto!

La presión ideológica sobre la ciencia se ejercía con fuerza y por la fuerza en la época de los Copérnico, Giordano Bruno o Galileo. En nuestros días, ya casi es posible sólo en las ciencias históricas y en la sociología, y únicamente hasta cierto punto, y nada o casi nada en las ciencias más rigurosas. No obstante, hay físicos que no dudan en explotar abusivamente su prestigio de sabios para librar batallas ideológicas fuera del campo de su competencia o sobre cuestiones que no tienen con su competencia más que una relación aparente. Tal fue, tal es todavía a menudo, el caso de físicos que, hostiles al armamento nuclear de su propio país, por razones políticas o por adhesión a un pacifismo unilateral, alegan su prestigio de sabios para impresionar al público y asestarle, en nombre de la ciencia, juicios categóricos dictados en realidad por móviles no científicos.

Contrariamente a la mayor parte de los demás intelectuales, los investigadores científicos, por lo menos los que se dedican a las ciencias cuyo método y objeto hacen imposibles o difíciles las afirmaciones que no se puedan comprobar, sufren coacciones demostrativas inherentes a su disciplina. Pero fuera de esa disciplina, pueden liberarse de esa coacción si su carácter los incita a ello o si la pasión ideológica los impulsa a hacerlo. El rigor al que se ven obligados en la práctica de su ciencia, y sin el cual tal práctica no podría, simplemente, existir, no es transportable fuera del campo de su investigación y de su objeto específico. Los más grandes científicos dejan a menudo de serlo cuando se alejan de su especialidad. Pueden llegar a ser capaces de las peores incoherencias y de las más necias extravagancias cuando se apartan de su esfera. Dicho de otro modo, su inteligencia puede no admitir por sí misma, cuando se aplica a un sujeto profano, los parapetos que le impone, por sus mismas leyes constitutivas, el trabajo científico, cuando se consagran a él. Durante ese trabajo no tienen opción. Lo toman o lo dejan: se hace dentro de las reglas o no se hace. Pero, fuera de ese trabajo, la imaginación puede desquitarse. La falta sectaria de probidad, la debilidad del razonamiento, el rechazo o incluso la falsificación de los hechos, el peso de los resentimientos personales, pueden alterar el funcionamiento de espíritus que, de vuelta al redil de la ciencia, o a condición de no salirse de él, se cuentan entre los mejores.

Las declaraciones falsas, odiosas, embusteras que han podido proferir un Frédéric Joliot-Curie, un Albert Einstein, un Bertrand Russell cuando se aventuraban fuera de la física o de la lógica matemática constituyen un florilegio en el cual me permito, o me permitiré más adelante, detenerme de vez en cuando para animar este libro. Nadie piensa, por supuesto, en discutir a estos grandes hombres, ni tampoco a todos los científicos, el derecho a profesar todas las opiniones que les plazca en todas las esferas que les interesen, si confinarse en su especialidad. Tienen la misma libertad de hacerlo que los demás seres humanos. Pero la impostura comienza cuando imprimen el sello de su prestigio científico a tomas de posición que parecen derivar de su competencia, cuando en realidad no se derivan en absoluto. Que un sabio conocido proclame sus simpatías por un partido político no es más que una venial operación de propaganda, como la cometen igualmente los escritores, los actores, los pintores, todos los que ponen un nombre célebre al servido de una causa, aunque ésta apele a cualidades de juicio sin relación con las que los hacen destacar en su actividad principal. No obstante, ese ligero abuso de confianza reviste una gravedad imperdonable cuando el interesado pretende que entre sus conocimientos de sabio y sus posiciones políticas hay un lazo interno y propiamente científico, de lo cual el gran publico no tiene evidentemente medios para comprobar la realidad. Tal fue el caso, por ejemplo, a principios de los años cincuenta, cuando un Joliot-Curie explotó el prestigio de su premio Nobel de Física para proclamar nociva la bomba atómica norteamericana y saludable hasta el mas alto punto la bomba atómica soviética. Alguien puede muy bien ser un autentico sabio atómico y formular, sin embargo, afirmaciones desprovistas de seriedad sobre los aspectos de los problemas nucleares que no dependen de la investigación fundamental, por ejemplo, los problemas de estrategia nuclear. No obstante, el publico creerá, por yuxtaposición y contigüidad, que las opiniones de mi físico nuclear en materia de estrategia nuclear son mas fundadas que las de un comerciante o un agricultor. Pero no es así. La segunda disciplina, a despecho de la homonimia, es tan distinta de la primera como la dirección de una empresa industrial lo es de la teoría macroeconómica. Un premio Nobel de Economía no se convertiría necesariamente en un buen presidente de compañía internacional, ni siquiera en un buen tendero. Como observa irónicamente el general Pierre Gallois «desde su fundación (inmediatamente después de la segunda guerra mundial), el Boletín de los científicos del átomo anuncia cada mes la inminencia de la catástrofe».[71] La razón de este error indefinidamente repetido es que se puede conocer la estructura del átomo y las maneras de liberar la energía intraatómica sin, por ello, conocer nada de estrategia. Si quiere evaluar los riesgos de conflicto nuclear, o incluso convencional, el físico atómico, por muy laureado del Nobel que sea, debe cumplir las mismas condiciones que el profano: tiene que estudiar la relación de las fuerzas políticas, militares, económicas, ideológicas entre las grandes potencias afectadas, sus sistemas de alianzas, sus percepciones de amenazas, el nivel y la naturaleza de las tensiones, tanto en las relaciones bilaterales como en las implicaciones multilaterales de esas relaciones, en los enfrentamientos indirectos, por interposición del Tercer Mundo, y en los conflictos regionales. La competencia en geoestrategia no se desprende de la que se posee en física teórica, como tampoco hace mil años un herrero estaba más cualificado que un pastor para juzgar de política y estrategia, so pretexto de que la guerra se hacía entonces con espadas y que era él quien las fabricaba. Un buen constructor de aviones no posee ningún título para convertirse ipso facto en jefe del estado Mayor del Ejército del Aire o ministro de Defensa, ni un ingeniero do automóviles en piloto de fórmula uno. The Bulletin of Atomic Scientists publica, en cambio, bajo la autoridad de la ciencia, numerosos artículos puramente políticos. Yo comprobé personalmente la experiencia cuando en l972 el excelente físico Rabinovitch publicó en ese boletín una crítica de mi libro Ni Marx ni Jesús.[72] Le llamó principalmente la atención y la atacó violentamente mi tesis de que los listados Unidos no eran ni una sociedad fascista ni una sociedad que se encaminaba hacia el fascismo. En aquella época, efectivamente, esta tesis había dejado estupefactos tanto a la izquierda europea corno a los «liberales» norteamericanos, ampliamente mayoritarios en la comunidad científica del país. A causa de la guerra de Vietnam, y, evidentemente, sin la menor percepción del peligro totalitario representado en el Sudeste asiático por Hanoi, era un postulado, en el curso de esos años, entre los intelectuales norteamericanos, que los Estados Unidos se dirigían hacia una especie de prenazismo. Recuerdo haber sido invitado, o, mejor dicho, inmolado en el curso de un debate en noviembre de 1971, en Nueva York, en una especie de círculo intelectual, una «oficina de espíritus» (como diría Voltaire) llamado Theater for Ideas. La sala rebosaba de profesores de las grandes universidades de la Costa Este. El elenco se componía de John Kenneth Galbraith, moderador, de Wassily Leontief (futuro premio Nobel de Economía) y de Eugene McCarthy, aureolado por su gloria de vencedor del presidente Johnson, primero como senador, por su oposición tenaz a la guerra de Vietnam, luego como candidato a la investidura demócrata, durante un brillante recorrido en las elecciones primarias en 1968. En particular, el número inesperado de votos de Eugene McCarthy en las primarias de New Hampshire, cuyo valor como portador de suerte o de mala suerte en la superstición electoral estadounidense es conocido, desmoralizó a Johnson e influyó mucho en su decisión de no volverse a presentar. Dicho sea entre paréntesis, esa famosa proeza del senador McCarthy en New Hampshire constituye un buen ejemplo de la formación y de la indestructibilidad de las falsas ideas preconcebidas. En efecto, la prensa «liberal» presentó ruidosamente el resultado como una victoria de McCarthy. Sin ninguna duda fue una victoria moral, y políticamente significativa. Pero aritméticamente el senador sólo llegó segundo, detrás de Johnson, vencedor por consiguiente en las urnas. La sorpresa había sido causada por una diferencia menor que la prevista entre los dos candidatos demócratas, en un sistema en el que es tradicional que un presidente que pasa de un primer a un segundo mandato no encuentre ningún rival serio en su propio partido. Pero la prensa orquestó tan bien el asunto que pronto se convirtió en una noción admitida que McCarthy había «vencido» a Johnson en las primarias de New Hampshire 1968. Todos hablaban de ello como si fuera una verdad histórica y yo mismo me lo creí. El mismo Eugene McCarthy me sacó del error, en esa reunión en el Theater for Ideas.

Fue, por otra parle, la única revelación interesante que me hizo, en el terreno de los hechos, por lo menos. Porque en el de las alucinaciones, quedé bien servido. En resumen, Eugene McCarthy, seguido por la mayoría de la sala y la totalidad del elenco, incluido el moderador, que moderaba muy poco, me acusó de haber cometido una mala acción al hacer circular la fábula de que los Estados Unidos no marchaban hacia el totalitarismo. Era el tiempo en que la fórmula del doctor Benjamín Spock: «América ha entrado en el fascismo de manera democrática», pasaba por ser lo más fino de la sabiduría política. Curiosamente, yo tenía más bien la impresión de haber escrito un libro a la gloria de la izquierda norteamericana (en la medida en que el libro tenía por protagonista a los Estados Unidos lo que no era más que parcialmente cierto, al ser mi principal objetivo estudiar un tipo inédito de mutación social). ¿Acaso no había hecho observar la originalidad de la «revolución cultural», en el sentido literal, puesto que había salido de las universidades, la de la revolución racial y la revolución de los medios de comunicación, que habían comenzado en América, para desplegarse, mucho más tarde, a partir de 1968, en Europa? ¿No había insistido sobre la novedad de que una opinión pública tenía por primera vez, en jaque a su propio gobierno en la esfera hasta entonces «reservada» de la política extranjera, y ello por razones esencialmente éticas, surgidas de la guerra de Vietnam (con razón o sin ella, es otra cuestión a la que el futuro debía responder)? De hecho, cuando lo reconsidero hoy, mi libro estaba marcado por un optimismo de izquierdas demasiado acentuado. Si, más o menos, acertaba en lo que se refería a las transformaciones internas, subestimaba los desastres que el nuevo estado de espíritu nos preparaba en política extranjera… que son tal vez inevitables por la misma estructura de la democracia. Pero lo que yo decía en 1970, era que la izquierda norteamericana había ganado, política y culturalmente. A mis ojos, era un hecho de civilización más profundo y de más consecuencias que lo que pudiera suceder en el nivel del poder ejecutivo. Pero, igual que la izquierda europea, la izquierda norteamericana no lo veía así. Necesitaba, como nosotros, su América «fascista», especie de espantapájaros necesario para su comodidad intelectual. A ambos lados del Atlántico, la izquierda no podía interpretar mi discrepancia, ni siquiera enunciada desde un punto de vista izquierdista, más que reduciéndolo a un «viraje hacia la derecha».

El agrio Rabinovitch, al que encontré en casa de unos amigos, unos meses más tarde, en Washington, me analizaba también en su artículo y lo demostró en nuestra conversación. Me miraba constantemente, durante nuestra breve conversación, con esa conmiseración ambigua que se reserva a un criminal que se está muriendo de cáncer. Compasivo hacia el moribundo, pero permaneciendo severo hacia el asesino, su mirada me atravesaba con su láser psíquico, mientras su voz me aseguraba una estima de principio por los restos residuales de Homo sapiens que subsistían en mí, a pesar de todo y a pesar de mí mismo.

Para volver al fondo de la cuestión, no hay, decía yo, más que una semitrampa cuando se reviste una opinión subjetiva de la autoridad adquirida cerca del público gracias a trabajos científicos sin relación con esa opinión. En cambio, y no me cansaré de insistir en ello, la impostura se agrava desmesuradamente cuando se introduce la misma ciencia en el centro de un prejuicio político, dando apariencias de demostración a datos falsos y a inducciones fantásticas. Aquí, el sabio no se limita a desempeñar el papel de su celebridad para propagar un tópico ideológico distinto de su especialidad.

Engaña al público presentando como emanada de la ciencia una tesis que en realidad no procede de ella, que le ha sido dictada por motivos sin relación con sus competencias, pero que él disfraza con las marcas exteriores de la gestión científica, sabiendo que la mayor parte de la gente que va a recibir el mensaje es incapaz de comprobar, ni siquiera de dudar de la seriedad de los argumentos aducidos. Es una maniobra de ese tipo que numerosos científicos han aportado su concurso, por ejemplo, elaborando y difundiendo la fábula del «invierno nuclear». Esta expresión significa que cualquier utilización de armas atómicas envolvería la Tierra en una pantalla de polvos radiactivos, los cuales, impidiendo durante un período de tiempo bastante largo que la energía solar llegara hasta nosotros, harían desaparecer de nuestro planeta la vida y, en todo caso, la especie humana. Esa visión aterradora hizo su aparición en 1982; primero bajo la forma de una novela de terror sin base científica, en la revista ecologista sueca Ambio, inspirada para el caso, según su mismo editor, por el Instituto Internacional para la Investigación de la Paz, de Estocolmo (el SIPRI: Stockholm International Peace Research Institute). En un principio, pues, la imagen del invierno nuclear sale de los ambientes de las organizaciones pacifistas, que lo utilizan como un espantapájaros para impulsar al desarme unilateral de las democracias y, en particular, impedir en aquella época el despliegue de los euromisiles occidentales. Grupos de científicos partidarios de ese desarme unilateral acuden entonces en ayuda, como los Physicians for Social Responsability, la Federation of American Scientists y la muy célebre e inquieta Union of Concerned Scientists (que se podría traducir por: «Unión de Científicos Responsables», aunque concerned pueda significar también «preocupados», «ansiosos», incluso «comprometidos»). Estas organizaciones recolectan fondos de una multitud de fundaciones solícitas, con objeto de encargar a un equipo de investigadores, dirigidos por el astrofísico y astro de los medios de comunicación Carl Sagan, un informe sobre el peligro. La costumbre prescribe que un artículo, sobre todo sobre un problema tan sujeto a controversia, antes de aparecer en cualquier revista científica, sea sometido a lo que se llama la «evaluación» previa de los «iguales» (por lo menos, tres) del autor o de los autores. Pero el informe del equipo de Sagan[73] escapó curiosamente a tal formalidad. Apareció sin obstáculos en la revista Parade, cuyo director, un tal Carl Sagan, no formuló ninguna objeción contra sí mismo. Pero negligencia mas inquietante aún -volvió a aparecer poco después (23 de diciembre de 1983) ligeramente retocado, y asimismo sin las evaluaciones usuales, en la prestigiosa revista Science. Luego, otro artículo de Carl Sagan sobre el mismo tema, «Nuclear War and Climatic Catastrophe», figuró unos días más tarde en el sumario de la más venerable de las revistas norteamericanas de ciencias políticas, Foreign Affaires (invierno de 1983-1984). A finales de octubre, para que coincidiera con la aparición del número especial de Parade, tuvo lugar en Washington un coloquio sobre el tema: «El mundo después de la guerra nuclear.» Se compilaron muy pronto las actas de este coloquio en un volumen titulado The Cold and the Dark (Frío y tinieblas), lo que se llama tener el pudor de no recurrir a los títulos hipnotizantes y a los groseros procedimientos de aporreamiento de los nervios del publico que utiliza la prensa sensacionalista, por otra parte tan despreciada por los intelectuales «liberales». Antes, incluso de toda publicación científica, y antes de toda posibilidad de que sabios no «comprometidos» escrutaran atentamente el informe, la Fundación Kendall había entregado 80 000 dólares a la firma de relaciones públicas Porter-Novelli Associates, de Washington, para que lanzara al público los eslogans más simplistas y aterradores que se pudieran inventar partiendo del informe, simples afirmaciones perentorias, despojadas de toda argumentación racional. Por supuesto, huérfana de todo control científico, pero orquestada en nombre de la ciencia, la campaña de los medios de comunicación se desarrolló en forma de numerosos videoclips y de varias películas, la más conocida de las cuales, The Day After, dio la vuelta al mundo. En todas partes, además, el «invierno nuclear» se impuso como una verdad demostrada, limitándose la prensa, casi siempre, a explotar el material de los medios de comunicación y los sumarios informes preparados con vistas a consultas rápidas, que habían sido puestos a su disposición antes de la publicación del informe íntegro y, a fortiori, antes de las reacciones críticas que muy pronto se produjeron, a pesar de todo, en el seno de la comunidad científica.

Estas reacciones críticas, a decir verdad, fueron al principio de una discreción inspirada a sus autores, sin duda, por el temor a hacerse acusar de simpatía por la guerra nuclear. Es conocida la elegancia moral y la honradez intelectual que puede manifestar el espíritu sectario en este tipo de debate, incluso y sobre todo en los ambientes universitarios. Si rápidamente se impuso la convicción, en los alfombrados salones de la National Academy of Sciences, de que el modelo climatológico del invierno nuclear era lo que se llama, en general, en lenguaje familiar, una «tontería», además de un fraude (humbug), pocas voces osaban proclamarlo, pues, para utilizar el lenguaje directo y colorista empleado en 1984 por Freeman Dyson, premio Nobel de física, «el informe TTAPS es un monstruo absoluto como muestra de literatura científica. Pero he renunciado a toda esperanza de rectificar la versión que se ha extendido entre el público. Creo que voy a abstenerme prudentemente de manifestarme sobre esta patraña. ¿Conocen a muchos que deseen ser acusados de ser partidarios de la guerra atómica?»[74] A pesar del miedo natural a los golpes, del que el envoltorio carnal de los grandes espíritus no está exento, el informe Sagan y la obra The Cold and the Dark (que un crítico del San Francisco Chronicle no había dudado en designar como «el libro más importante jamás publicado», «the most important book ever published») cayeron en un descrédito total a los ojos de la comunidad científica, al cabo de unos dos años. Las bocas se abrieron al fin y las revistas publicaron refutaciones. Presa del remordimiento, el director de Foreign Affairs acogió en su número del verano de 1986 un artículo de dos hombres de ciencia pertenecientes al Centro Nacional de la Investigación Atmosférica (National Center for Atmospheric Research) que demolía el artículo de Carl Sagan aparecido tres años antes. Los autores escribían particularmente: «A juzgar por sus fundamentos científicos, las conclusiones globalmente apocalípticas de la hipótesis inicial del invierno nuclear pueden, ahora, reducirse a un nivel de probabilidad tan bajo que se avecina al de la inexistencia.»[75] Otros artículos igualmente severos fueron apareciendo en Nature, Science e incluso Ambio, que, unidos los unos a los otros, no dejaron en pie ni una piedra del imaginario edificio construido en derredor del invierno nuclear. Pero el término ha quedado como eslogan y continúa produciendo en el mundo entero el efecto deseado por las organizaciones pacifistas que lo lanzaron. Los estudios despiadados aparecidos en las revistas sabias no conseguirán borrar jamás las impresiones producidas por la campaña de los medios de comunicación y cinematográficos inicialmente, y tanto menos cuanto que la prensa escrita, que se había hecho ampliamente eco de esta última, no se interesó gran cosa en las reevaluaciones críticas hechas a continuación.

Se ve, pues, cómo una estafa intelectual puede recibir el sello de la ciencia y convertirse en una verdad del evangelio para millones de hombres. «… ¡Qué podemos ver -escribe Pierre Bayle- de lo que ocurre en el espíritu de los hombres cuando escogen una opinión! Estoy seguro de que si pudiéramos verlo bien, reduciríamos el sufragio de una infinidad de gentes a la autoridad de dos o tres personas, que, habiendo recitado una doctrina que se suponía que habían estudiado a fondo, han persuadido de ella a muchos más por el prejuicio de su mérito y éstos a otros varios que han preferido, por pereza natural, creer de una vez lo que se les proponía que examinaran cuidadosamente. De manera que al aumentar de día en día el número de los sectarios crédulos y perezosos ello ha constituido un nuevo compromiso para otros hombres de dispensarse del trabajo de examinar una opinión que veían tan general y que estaban convencidos de que había llegado a serlo por la solidez de las razones de las que se habían utilizado en primer lugar para establecerla; y finalmente se han visto reducidos a la necesidad de creer lo que todo el mundo creía, por miedo a pasar por un faccioso que quiere saber, él solo, más que todos los demás.» No conservemos, pues, esperanza alguna de verdad: incluso refutada, la visión del invierno nuclear sobrevivirá en la imaginación de los hombres. En su número del 23 de enero de 1986, Nature, la primera revista científica británica y una de las primeras del mundo, deploraba la creciente decadencia de la objetividad en la manipulación de los datos científicos y la desenvoltura alarmante de varios investigadores en la afirmación de teorías desprovistas de bases sólidas. «En ninguna parte -proseguía Nature- esta tendencia es más evidente que en la reciente literatura sobre el invierno nuclear, investigación que ha llegado a ser tristemente célebre por su falta de probidad científica.»[76] Pero según el desengañado comentario de Russell Seitz en el citado artículo, esas rectificaciones tardías de publicaciones serias no alcanzaron a las masas. El mal en la opinión mundial ya estaba hecho y no tenía remedio. Apenas algunos meses después de la refutación de Nature, el New York Times publicaba un artículo en el cual Frederick Warner, de SCOPE[77] preveía que los efectos del invierno nuclear sobre el medio ambiente causarían… cuatro mil millones de muertos. Un año antes, en septiembre de 1985, SCOPE, en el Washington Post, se contentaba con dos mil quinientos millones…

¿Se trata de una «mentira útil» que podría excusarse en la medida en que sirviera a la causa del desarme y de la paz? Si tal fuera el caso, deberíamos preguntarnos si los sabios tienen licencia para falsear datos, incluso con buenas intenciones. ¿Decimos que sí? Entonces les concedemos licencia para falsearlos igualmente con intención vituperable. Nadie niega a Carl Sagan el derecho, como ciudadano, de profesar opiniones pacifistas y de propagarlas. Su impostura consiste en presentarlas prevaliéndose de su calidad de sabio y como derivadas de descubrimientos científicos debidamente comprobados. Cada hombre se inclina a pensar que su causa, política, religiosa o ideológica, justifica moralmente todos los engaños. Pero utilizar la ciencia para esa estafa, abusando de la ignorancia de la mayoría, es aniquilar la autoridad del único procedimiento que el hombre ha inventado hasta hoy para someterse a sí mismo a criterios de verdad independientes de sus preferencias subjetivas.

O más bien, las imposturas de ese género, más frecuentes de lo que se piensa, prueban que, en los mismos sabios, la pasión ideológica se impone a la conciencia profesional, cuando la incertidumbre y la complejidad de los datos introducen en un debate bástanle confusión para poder disfrazar de verdad científica una mentira ideológica.

Además, la causa por la cual los autores de la pamplina del invierno nuclear han traicionado a la ciencia está lejos de ser pura. Luchaban, en realidad, no por el desarme universal, sino por el único desarme occidental. Su campaña tendía a combatir a los programas militares norteamericanos, que dependían de votos de créditos por el Congreso, en 1983 y en 1984, y a estimular el antiamericanismo en el Tercer Mundo, así como a respaldar a los pacifistas europeos hostiles al despliegue de los euromisiles. Llevaba, en toda hipótesis, no a la retirada, sino al desequilibrio de armamentos en detrimento de los occidentales y en provecho de la Unión Soviética. Ésta, por su parte, lo vio claro, e interpretó en todos sus conciertos la partitura del invierno nuclear compuesta en Occidente. Suprema ironía: la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, igual que los sabios soviéticos que asistieron, en agosto de 1984, en Sicilia, a la IV Conferencia Internacional sobre la Guerra Nuclear, emitieron serias reservas, en un primer momento, sobre el fundamento de la muy aventurada hipótesis de sus colegas norteamericanos. Sus escrúpulos fueron inmediatamente barridos y sus voces reducidas al silencio por sus propios servicios de propaganda dirigidos por Boris Ponomorev. ¿Acaso el arte de esos servicios soviéticos no consistía, según una técnica de demostrada eficacia, en apoyarse en trabajos occidentales para propagar las tesis hostiles a Occidente? Invocan, por ejemplo, a Paul Ehrlich, uno de los grandes «viajantes de comercio» del invierno nuclear, biólogo ya conocido por una primera fabricación seudocientífica, lanzada en 1968 en su libro The Population Bomb, de la que volveré a hablar. En un artículo publicado en 1984 por las Noticias de Moscú, y difundido luego en forma de folleto por los servicios de documentación de… la UNESCO (¡ya lo podíamos esperar!), el nombre de Ehrlich sirve para cubrir un nuevo hallazgo: ¡después del invierno nuclear, la humanidad sufriría un verano nuclear! Congelados, luego descongelados, finalmente seríamos asados y cegados por los rayos ultravioletas.

Si los sabios culpables de abusar así del prestigio de la ciencia y de la credulidad de sus semejantes se preocuparan sinceramente de la paz, no trabajarían para crear un estado de opinión que condujera al desequilibrio de armas nucleares en favor de los soviéticos. Pues esa corriente tiene por resultado que son sólo las naciones occidentales las que presionan a sus gobiernos para que reduzcan sus armamentos. Sin embargo, el verdadero riesgo de guerra es el desarme unilateral. Estudiando con imparcialidad la experiencia adquirida, si fueran honrados, se darían cuenta de que, desde 1945, todas las zonas del planeta que han caído bajo la dependencia de la disuasión nuclear mutua y equilibrada han sido por primera vez en un período tan largo en la historia humana zonas de paz. Y anotarían, en cambio, los casi ciento cincuenta conflictos convencionales que sólo pudieron ocurrir porque escapaban al área de la disuasión nuclear, y han causado, como mínimo, sesenta millones de víctimas en cuarenta años, tantas como la secunda guerra mundial, y tal vez más.

Ciertamente, lo ideal no es que la paz se mantenga sólo por el miedo a una segura destrucción mutua, la humanidad debe hacer todo lo posible para no perpetuar esta situación, que no constituye más que un mal menor. Pero la manera de salir de ella no es hostigar únicamente al campo democrático, para incitarlo a desarmarse de manera unilateral, lo que no puede hacer más que dejar el campo libre al imperialismo totalitario. Por lo menos se hace honestamente cuando se preconiza el desarme unilateral como simple ciudadano que tiene derecho a profesar una opinión que otros ciudadanos tienen también derecho a considerar falsa y peligrosa. En cambio, no es una conducta honesta fingir respaldar esta opinión apoyándose en la ciencia o en la religión (este caso también se da). Los sabios «responsables» que aplaudieron la firma del acuerdo soviético-norteamericano sobre la retirada de los misiles de alcance intermedio, en diciembre de 1987, en Washington, ¿han pensado que este acuerdo no se habría logrado jamás si se les hubiera escuchado cinco años antes, es decir, si la OTAN no hubiese desplegado los euromisiles, lo que hubiera privado a los listados Unidos de una moneda de cambio? ¿Y, sobre todo, que no habría tenido siquiera razón de ser si la Unión Soviética hubiese en 1982 aceptado retirar sus SS20 a cambio de la no instalación de los Pershing 2?

Que la ideología pesa más que la ciencia en muchos juicios científicos halla otra confirmación en la reacción de la comunidad científica norteamericana ante la Iniciativa de Defensa Estratégica, la IDS, popularizada bajo la denominación de «guerra de las galaxias». Dada la inveterada hostilidad de esta comunidad a las armas atómicas, hubiera debido esperarse que acogiese con favor y examinara benévolamente la eventualidad del paso a una estrategia centrada en la defensa activa, es decir, constituida por un «escudo» espacial. La disuasión pura se basa en la posesión por los dos antagonistas de las únicas armas ofensivas que, ante la perspectiva de una segura destrucción mutua, se supone que se paralizan las unas a las otras. Es la seguridad fundada en la reciprocidad de lo peor. Había sido siempre condenada por los sabios norteamericanos y también por los obispos; en primer lugar, a causa de su inmoralidad, porque no es posible acomodarse a una seguridad que reposa en una permanente y mutua amenaza de muerte, y luego a causa de los peligros del desencadenamiento accidental de un intercambio de «golpes» nucleares. Ésta catástrofe fortuita había sido escenificada a menudo en la ficción, en particular por Stanley Kubrick en su película clásica ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Doctor Strangelove), en 1964. Pues bien, apenas el programa de investigación IDS había sido anunciado, en 1983, por el presidente Reagan, la comunidad científica norteamericana se cambiaba de camisa con una velocidad de transformación digna del gran Leopoldo Fregoli, de quien los historiadores del teatro nos dicen que podía interpretar en una misma obra sesenta papeles diferentes. ¡Súbitamente, se metamorfosea en feroz partidaria de las armas ofensivas y en crítica sin reservas de la defensa activa! «El Bulletin of Atomic Scientists de mayo de 1985 comenta irónicamente Pierre Gallois-[78] canta las alabanzas de- la doctrina de la destrucción mutua segura (MAD) después de haberla condenado desde el mismo momento en que se enunció… Se ha evolucionado al otro lado del Atlántico, hasta el punto de elogiar una política militar que, antaño, había sido duramente criticada.» Y, en efecto, bastó que Reagan expusiera su plan de defensa activa para que la doctrina MAD, hasta entonces la bestia negra de la Union of Concerned Scientists, de los Physicians for Social Responsability y de la Federation of American Scientists, se convirtiera, a los ojos de estas mismas asociaciones de eminencias intelectuales y de sabios «preocupados» en el último refugio del humanitarismo pacifista y de la virtud filantrópica. Los «Doctores Strangelove» se reclutaban entonces entre los premios Nobel, que podían cantar a coro el subtítulo de la película: «How I learned to stop worrying and to love the bomb» («Cómo aprendí a no preocuparme más y a amar la bomba»).

¡Oh! Por supuesto, los científicos «responsables» continuaban preocupándose, pero ahora a propósito de la IDS. Parece que lo que le hace merecer a una doctrina militar una condenación no es el conjunto de las características intrínsecas que la constituyen; es el hecho de que sea la doctrina de la Administración estadounidense. Cuando deja de serlo, se convierte en buena; la que viene a continuación se convierte, a su vez, automáticamente, en mala.

Los sabios que trataron de la Iniciativa de Defensa Estratégica en el Bulletin of Atomic Scientists se empeñaron en demostrar, por una parte, que era irrealizable y no podía ser eficaz; por otra, que era a tal punto temible que induciría a los soviéticos a fabricar nuevas armas más potentes, con objeto de atravesar el escudo espacial. Esos hombres de ciencia no parecían notar la contradicción entre esos dos argumentos ni prever su segura destrucción mutua, en el terreno de la lógica. Si la «militarización del espacio», para adoptar la expresión tendenciosa de la prensa comunista y de ciertos gobiernos de Europa occidental, corre el riesgo de acelerar la carrera de armamentos, ello significa que es mucho más que un sueño. De otro modo, ¿por qué los soviéticos se esforzarían, desde hace tantos años, en intentar que los Estados Unidos abandonen el programa IDS? Por el contrario, deberían alegrarse de ver a los norteamericanos comprometerse en un camino que los conduce a la reducción de sus armas ofensivas por exceso de confianza en una protección ilusoria. La Unión Soviética hubiera debido aprovechar esa ganga. Pero no fue eso lo que hizo, muy al contrario. Además, los hombres de ciencia norteamericanos parecían no saber o no querían saber que los mismos soviéticos trabajaban, desde hacía mucho tiempo, y en violación flagrante del tratado ABM de 1972, en su propio programa de defensa activa, lo que Mijaíl Gorbachov ha terminado por reconocer oficialmente en una conferencia de prensa, en el curso de la cumbre de Washington, en diciembre de I987, y que ninguno de los que sermonean tan agriamente a Occidente sobre su estrategia tenía derecho a ignorar. ¿Cómo no seguir a Zbigniew Brzezinski cuando escribe: «Si la defensa activa en el espacio es técnicamente irrealizable, financieramente ruinosa y militarmente sencilla de contrarrestar, no se comprende muy bien por qué sería desestabilizante, ni porqué los soviéticos tratan tan encarnizadamente de impedir a América embarcarse en una empresa tan calamitosa. Y todavía menos por qué ellos mismos quisieran reproducir por su propia cuenta un sistema tan manifiestamente desprovisto de todo interés.»?[79]

En cuanto a la parte técnica del trabajo de la Union of Concerned Scientists (UCS) tendente a demostrar, en 1984, la inanidad práctica de la IDS, me guardaré, mucho de entrar en el detalle de una discusión que sobrepasa mis competencias. Pero pronto se tuvo la impresión de que no era muy seria, al observar simplemente que fue atacada sin tardar por sabios de renombre igual al de los que eran sus autores. El profesor Lowell Wood, por ejemplo, del Lawrence Livermore National Laboratory, encontró en el informe del UCS groseros errores de cálculo. En una ponencia en el coloquio de Erice, en Sicilia, el 20 de agosto de 1984, Wood demostró cómo esos errores demolían el conjunto de la demostración. Robert Jastrow, profesor de ciencias físicas en Dartmouth, criticó igualmente las cifras enunciadas por el UCS y puso en evidencia las enormes debilidades del informe.[80] Los autores de éste replicaron a estas refutaciones modificando y alterando, hasta hacerlas irreconocibles, las aserciones de su primera versión. El más incompetente de los no especialistas sabía lo suficiente, en todo caso, para comprender, ante ese espectáculo, que las certezas científicas estaban muy divididas en un debate en el que los mismos físicos, al repasar sus cálculos, debían hacer rectificaciones que iban del simple al doble, ¡o incluso de uno a cincuenta! Además, tales rectificaciones eran inmediatamente contestadas por sus colegas. Es ciertamente bello asistir a un despliegue tal de emulación intelectual entre investigadores, pero no era honrado por su parle, para empezar, asestar al público como verdades absolutas hipótesis dudosas, e incluso especulaciones falaces.

A pesar de esas lamentables desventuras, el dogmatismo político estratégico de los físicos no cedió un ápice de su mordiente ni de su soberbia. En 1987, un grupo de: trabajo perteneciente a la American Physical Society publica un informe de 424 páginas sobre las armas de energía dirigida, es decir la defensa activa. Incluso antes de que los comentaristas cualificados hubieran tenido tiempo de analizar atentamente ese informe, la prensa y los medios de comunicación se precipitaban para anunciar que su conclusión ante la IDS era muy negativa. «Los más grandes nombres de la física moderna tienen dudas sobre la guerra de las estrellas. Un gran retraso en perspectiva», titula por ejemplo el New York Times del 25 de abril: «Physicists Express Star Wars Doubt; Long Delays Seen.» ¿Puede clasificarse de científica una cultura en la que se comunican al público en forma de afirmaciones perentorias conclusiones hipotéticas de investigaciones dudosas, y nunca los argumentos que han conducido a las mismas ni las objeciones a esos argumentos? Lo que los periódicos y las televisiones no pensaron en decir, además, a los norteamericanos, es que los autores del informe, aunque todos ellos científicos eminentes, no contaban con un solo especialista de armas de energía dirigida, ni siquiera Charles Townes, que, aun siendo uno de los inventores del láser, no tenía ninguna experiencia sobre la práctica de las armas estudiadas. Ese «amateurismo» relativo explica sin duda ciertas fluctuaciones desconcertantes de la demostración. Así, en un pasaje leemos, por ejemplo, que el motor de los cohetes de largo alcance tarda entre tres y seis minutos en arder; en otro pasaje, se lee que tarda entre dos y tres minutos.[81] Sin embargo, desde el punto de vista de la posibilidad de interceptar esos cohetes en el espacio, ese punto capital no permite ninguna aproximación. Y, desde el punto de vista del papel que desempeña la ciencia en nuestra civilización, en la época de la comunicación de masas, es obligado constatar que las convicciones de la humanidad en su conjunto no se derivan en absoluto de un acceso más amplio al razonamiento científico, ni de una superior comprensión de los elementos del debate, ni de una participación en el saber, es decir, de una democratización del conocimiento, por sumaria que fuera. El público no tiene acceso más que a las conclusiones groseramente simplificadas y no a los razonamientos que las apoyan, incluso cuando se trata de problemas (el del SIDA, por ejemplo) relativamente simples de exponer. El público moderno continúa viviendo, igual que su predecesor de la Edad Media, bajo el régimen del argumento de autoridad: «Es verdad porque Fulano, premio Nobel, lo ha dicho.»

Por ejemplo, para presentar tanto la pura disuasión como la defensa activa de tal modo que cree ansiedad hay, entre otros muchos, un mito eternamente propagado que es el de la «carrera ilimitada» de armamentos. ¿Porqué -se dice- aumentar un stock de armas ya capaz de «destruir varias veces el planeta»? Nada menos exacto que esa imagen. Justamente porque las armas han ganado en precisión, han perdido en capacidad destructiva: no hay necesidad de devastarlo todo en mil kilómetros a la redonda, cuando se puede alcanzar el objetivo con un error eventual de apenas unos metros. Las armas nucleares modernas ya no tienen por objetivo «superdestruir» a las poblaciones civiles. Ya no apuntan a ciudades, sino a otras armas nucleares: los silos, las bases de submarinos y de bombarderos. Toda la tecnología actual se basa en la capacidad de destruir objetivos precisos sin devastar las zonas habitadas. Esto es todavía más cierto para las armas tácticas. Las víctimas civiles, e incluso militares, serían de un número muy interior al de las pérdidas provocadas por una guerra convencional tal que la carnicería irano-iraquí, la guerra afgana o las guerras civiles de América Central. ¡Lejos de mí la idea de que no hubiera que evitarlas a toda costa! Precisamente la disuasión y el equilibrio de fuerzas persiguen ese objetivo así como el IDS. Pero, a pesar de todas las afirmaciones corrientes, el stock nuclear norteamericano no ha cesado de declinar. En número de cabezas nucleares, alcanzó su punto culminante en l967. En número de megatones, la medida más apropiada para evaluar la capacidad de destrucción de masa, ese stock conoció su nivel más elevado en 1960. Contaba entonces cuatro veces más megatones que hoy, porque, una vez más, la precisión ha permitido reducir la potencia de cada artefacto.

Los hombres de ciencia[83] forman parle de los intelectuales. Los intelectuales norteamericanos, y sobre todo los universitarios, se colocan mucho más a la izquierda que la media del país, si, por lo menos, estar en la «izquierda» consiste en querer ofrecer la superioridad estratégica a los regímenes totalitarios, lo que yo impugno, pero no se puede hacer nada, en el vocabulario, contra el uso. Los intelectuales norteamericanos tienden a considerar que el único peligro de guerra es el que emana de su propio gobierno, sea cual fuere el sistema de seguridad que éste adopte. Lo mejor, para ellos, sería que no tuviera ninguno. Su odio natural hacia el gobierno de los Estados Unidos se encontraba además multiplicado durante el asunto del IDS, por el hecho de que a la cabeza del gobierno estaba Ronald Reagan. Yo no tengo, por mi parte, ninguna certeza absoluta en lo que se refiere a la factibilidad del IDS, aunque me inclino por seguir a ciertos especialistas de las cuestiones estratégicas, cuya argumentación favorable a la defensa espacial me parece seria, en particular Albert Wohlstetter.[83] De lo que estoy seguro, en cambio, es de que en la comunidad científica norteamericana se ha debatido este programa ante todo bajo el ascendiente de violentas pasiones políticas e ideológicas. Esta adulteración del debate científico es posible cada vez que una cuestión, por otra parte cargada de ideología, conlleva aún muy pocas certezas científicas para cerrar la puerta a la influencia de prejuicios ajenos a la ciencia. Cuando tal es el caso, el único freno a la falsificación es la probidad estrictamente personal de los sabios. Y en tanto falte una sujeción metodológica coercitiva, esta probidad está tan extendida entre ellos como entre los demás seres humanos, es decir, muy poco.

El poderío de la ideología encuentra su mantillo en la falta de curiosidad humana por los hechos. Cuando nos llega una información nueva, reaccionamos ante ella empezando por preguntarnos si va a reforzar o a debilitar nuestro sistema habitual de pensamiento, pero esa preponderancia de la ideología no tendría explicación si la necesidad de conocer, de descubrir, de explorar lo verdadero animara tanto como se dice nuestra organización psíquica. La necesidad de tranquilidad y de seguridad mentales parece más fuerte. Las ideas que más nos interesan no son las ideas nuevas. El florecimiento de la ciencia, desde el siglo XVII, nos incita a presuponer en la naturaleza humana un congénito apetito de conocimientos y una insaciable curiosidad por los hechos. Pero, como nos enseña la historia, si el hombre despliega, en efecto, una intensa curiosidad intelectual, es para construir vastos sistemas explicativos tan verbales como ingeniosos, que le proporcionan la tranquilidad de espíritu en la ilusión de una comprensión global, más que para explorar humildemente las realidades y abrirse a informaciones desconocidas. La ciencia, para nacer y desarrollarse, ha debido y debe aún luchar contra esa tendencia primordial, en torno a ella y en su propio seno: la indiferencia al saber. La tendencia contraria, por razones que todavía se nos escapan, no pertenece más que a una minoría ínfima de hombres, y, además, en ciertas secuencias de su comportamiento y no en todas.

Éste es el motivo por el cual el rechazo de una información nueva, o incluso vieja, pero que tiene el defecto de ser exacta, y la negativa a examinarla se manifiestan a menudo en ausencia de toda motivación ideológica. Ante un conocimiento inopinado que se presente ante él, el hombre, fuera de todo prejuicio, es capaz de una falta de interés debida únicamente a la inercia del espíritu.

¿Qué hay más inofensivo que la asiriología? ¿De qué disciplina puede un intelectual esperar menos, en los tiempos modernos, el poder de dominar a sus semejantes y de poner a una ideología al servicio de su carrera? Se debe, pues, poder suponer que ése es el último terreno en el que la «comunidad científica», como se dice por antífrasis, no corre el menor riesgo de experimentar el deseo de rechazar un conocimiento nuevo. ¿Qué motivación, qué ambición ajena a la ciencia podrían impulsarle a ello? Y, no obstante, ha sucedido. La simple negativa a aprender fue el único mal espíritu que se inclinó sobre la cuna de esta disciplina. Se puede comprender que ciertos campos históricos sean celosamente vigilados por los ideólogos, por ejemplo la Revolución francesa, territorio que continúa cubierto de desechos ideológicos todavía radiactivos, y en el que penetramos como en un castillo encantado por el que circulan fantasmas ávidos de enrolarse a título póstumo en batallas contemporáneas. Sólo el deseo de ignorancia, la libido ignorandi, explica sus laboriosos principios. En efecto, cuando en 1802, un joven latinista alemán, Georg Friedrich Grotefend, informó a la Real Sociedad de Ciencias de la universidad de Gotinga, que creía haber encontrado la clave de las «inscripciones persepolitanas llamadas cuneiformes», lo que era verdad, encontró a dicha sociedad en un estado de completa indiferencia. Y, sin embargo, escribe un asiriólogo actual, Jean Bottéro,[84] fue Grotefend quien «avanzó primero por ese camino, que duró medio siglo, al cabo del cual se debía finalmente dominar el triple secreto formidable que había protegido durante dos mil años las inscripciones asirías y babilonias».[85] Desanimado por la indiferencia de la sociedad real, el joven latinista abandonó sus investigaciones. Esta reacción de apatía ante la información es el hecho básico que debemos tener en cuenta, en primer lugar, si queremos comprender los infortunios de la comunicación y de la comprensión. Precede a toda entrada en escena de la ideología. Ésta, en cuanto interviene, decuplica la impotencia natural del único conocimiento puro en retener nuestra atención: no la crea del todo.

En la minoría donde subsiste la anomalía de la curiosidad intelectual, del gusto por los hechos y del interés por la verdad, el descubridor resulta ser, a veces, un aficionado. Tal era el estatuto del latinista alemán: también lo era del hombre que prosiguió sus trabajos y consiguió descifrar las escrituras mesopotámicas, H. C. Rawlinson, simple funcionario de la Compañía de las Indias Orientales. Rawlinson, nos dice Bottéro, era un investigador «cuya inteligencia, tesón y genio debían constituir, después de Grotefend, el nombre más grande en la naciente historia del Cercano Oriente antiguo». En el siglo XX, fue también un aficionado -un arquitecto, Michael Ventris- quien descifró en 1952 la escritura llamada «lineal B» de la Creta minoica. Los helenistas tampoco acogieron con mucho calor este adelanto decisivo. Prologando la traducción francesa del libro de John Chadwick, El desciframiento del Lineal B, Pierre Vidal-Naquet, eminente helenista francés, escribió en 1972:[86] «Se verá a continuación cómo fue acogido el sensacional descubrimiento de Ventris. Con diecinueve años de retroceso, es lícito pensar que, después de todo, las cosas no fueron tan mal, y que el helenismo contemporáneo, disciplina no obstante eminentemente conservadora, en conjunto, acogió bastante rápidamente la novedad.» (El subrayado es mío.) «Esto no impide -prosigue Vidal-Naquet- que la historia de las reticencias sea altamente instructiva.» A pesar de todos estos púdicos eufemismos se puede ver sin dificultad el despliegue de necedad y de mala voluntad que debió soportar el desventurado Ventris. Lejos de mí la absurda idea de que la ciencia sólo progresa gracias a los aficionados. Tal excepción no puede realizarse casi más que en los comienzos. Por otra parte, los descubridores como Ventris o Rawlinson, si se situaban, por su actividad principal, fuera del mundo universitario, no eran en absoluto unos aficionados. Sólo lo eran nominalmente. Muy preparados, se habían impuesto una formación tanto o más exhaustiva que la de los profesionales de su disciplina. Si su estatuto merece atención, es porque un aficionado, por definición, no goza de ningún poder, de ninguna red de alianzas en el ambiente social de los sabios y en la burocracia universitaria. La acogida hecha a su descubrimiento no puede, pues, emanar más que de una percepción eminentemente científica, de una única apreciación de sus méritos. Estos ejemplos raros son, pues, un buen patrón para medir la fuerza de los impulsos puramente intelectuales de los hombres en general y de los investigadores en particular. Pero no hay que preocuparse: entre profesionales patentados, los odios y la mala fe son casi tan poderosos y determinantes.

La ideología no hace más que agravar y enconar ese temor natural a los hechos. El mecanismo de conjuración del sovietólogo norteamericano Moshe Lewin, antes mencionado, proporciona un divertido ejemplo de esa animosidad. La conjuración -práctica de magia destinada a exorcizar las influencias nefastas- consiste en tachar mentalmente de nulidad un hecho que molesta, proclamando que es menor y ridículo. Puesto en presencia del reciente antisovietismo de la intelligentsia francesa, como he dicho antes, Lewin hace de ello, en primer lugar, un fenómeno «parisiense», luego mundano, una moda superficial y un poco estúpida: el miedo, dice él, a la idea pueril de que los carros soviéticos podrían llegar al canal de la Mancha en cualquier momento. Sin duda, una emisión de televisión consagrada, en 1985, a lo que sería un conflicto de ese tipo en Europa, y presentada por Yves Montand, había llamado la atención a realidades estratégicas que, en este caso, aunque no le guste al señor Lewin, plácidamente instalado a seis mil kilómetros de nuestras playas, no se relacionan, para los europeos, con la pura mitología. No obstante, el temor a un ataque frontal, del que se burla Lewin, no ha sido el factor decisivo en el cambio ideológico que tanto le preocupa. Ese factor decisivo ha sido más bien la toma de conciencia de la originalidad específica de la realidad totalitaria, así como el riesgo de finlandización sin guerra de Europa occidental. Así, cuando Lewin ironiza[87] sobre las «fobias», según él sin fundamento, de la «clase intelectual parisiense», que «se interesa antes que nada en sí misma»… porque se ha separado de la ideología prosoviética, no se comporta como un científico analizando un dato histórico, sino como un político enfrentándose a los abucheos desde el fondo de la sala. La sinceridad de los demás le parece una cosa imposible. Sin criticarle por un rasgo tan humano, observo en él indiferencia ante la información y repugnancia a tomar nota de un indicio nuevo, defectos que normalmente debieran haber sido eliminados por una buena formación de historiador. Lewin no consigue llegar a absorber un hecho cultural como es la evolución ideológica europea (y no solamente francesa o «parisiense»), porque ese hecho coge a contrapelo su postulado inicial: a saber que, según él, la supresión de la libertad no constituye un componente ideológico del sistema soviético.

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